MARIANA
Dormí mal. Muy mal.
Después de la pelea, Zayed no volvió a dirigirme la palabra. Se acostó dándome la espalda, se levantó antes del amanecer, y se fue sin un gruñido, sin nada. El silencio de un hombre enojado pesa más que sus gritos, y este pesaba toneladas.
Me quedé mirando el techo casi toda la noche pensando en una sola cosa: no podíamos seguir así.
Un año.No iba a sobrevivir de guerra fría con un hombre que ni me miraba. Necesitábamos una tregua. Aunque fuera una tregua de cartón, como nuestro matrimonio.
Así que esa mañana me arreglé, bajé y busqué a la única persona que podía llevarme hasta él.
—Hassan. —Lo encontré junto al auto—. Necesito que me lleves a la empresa.
—¿A la empresa, señora? —Levantó una ceja—. El señor no me dijo que…
—El señor no sabe. —Le sostuve la mirada—. Por favor.
Hassan me estudió un segundo. Después abrió la puerta.
—Suba.
El camino fue largo y yo no aguanté el silencio.
—Hassan. ¿Puedo preguntarte algo? —Lo miré por el espejo—. ¿Zayed siempre fue así? ¿Tan frío? ¿Tan… cerrado?
Hassan tardó en contestar. Manejaba con los ojos en el camino, eligiendo las palabras como quien elige piedras para cruzar un río.
—El señor Zayed siempre fue reservado —dijo al fin—. De niño ya era serio. Pero no era frío. Eso vino después. —Una pausa—. Cuando murió su madre.
Algo en el auto se puso pesado.
—Yo entré a servir a esta familia siendo joven —siguió—. Conocí al niño que él era antes. Reía. Corría por los jardines. La señora lo adoraba, y él a ella. —Sus manos apretaron un poco el volante—. Cuando ella se fue, algo se le apagó. Y su padre… digamos que el señor Mansour cree que el dolor es una debilidad. Le enseñó a guardarlo. A congelarlo. Y el niño aprendió tan bien que se congeló entero.
Me quedé callada.
—Pero le voy a decir algo, señora, porque creo que usted debe saberlo. —Me buscó por el espejo—. Debajo de todo ese hielo, el señor Zayed tiene el corazón más grande que he conocido. Lo esconde con toda su fuerza. Pero está ahí. —Volvió la vista al camino—. Ojalá en este año que van a vivir juntos, usted llegue a conocerlo. Esa parte de él.
Miré por la ventana las torres de Dubái pasando.
—Cuesta creerlo, Hassan —dije bajito.
—Lo sé. —Casi sonrió—. Pero las cosas más difíciles de creer suelen ser las verdaderas.
El edificio del Grupo Al Rashid me cortó la respiración.
Una torre de cristal que subía hasta perderse en el cielo, vidrio y acero relucientes, un vestíbulo del tamaño de una catedral. Caminé sintiéndome pequeña, con mis tacones repiqueteando sobre el mármol.
Una secretaria detrás del mostrador me vio llegar y me midió de arriba abajo con cara de pocos amigos.
—¿Necesita algo? —El tono dejaba claro que yo no parecía pertenecer ahí.
—Vengo a ver a Zayed Al Rashid.
—El señor Al Rashid no recibe sin cita. —Ni levantó la vista—. ¿De parte de quién?
—De su esposa. —lo dije con tal certeza, que me sentí poderosa en ese momento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque