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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 36

MARIANA

Entré a su oficina cuando el último niño ya se había ido.

Zayed estaba de pie junto al ventanal, dándome media espalda, otra vez con la coraza puesta como si los últimos minutos no hubieran existido.

—Me gustó lo que vi —dije, suave—. Lo de los niños. Que ayudes a ese orfanato. No tenías que esconderlo.

No contestó eso. Ni siquiera lo dejó flotar en el aire.

—¿Qué haces aquí? —Su voz salió cortante—. No deberías estar en mi oficina. Este no es tu lugar.

Otra vez con "tu lugar". Apreté los dientes.

—No vine a pelear, Zayed. —Solté el aire—. Vine porque estoy cansada. Cansada de verdad. Anoche no dormí. Y me di cuenta de una cosa: no voy a sobrevivir un año así. No puedo. —Lo miré—. Vine a hacer una tregua. No quiero un matrimonio de discusiones. Ya tuve uno. Sé exactamente cómo termina, y no pienso repetirlo.

Algo en él se tensó.

—No me compares con tu exmarido —dijo, frío.

—No te comparo. —Lo miré de frente—. Eres peor.

Soltó una risa seca, sin gracia.

—Vaya tregua.

—Déjame terminar. —Di un paso hacia él, y bajé la guardia, porque alguien tenía que bajarla primero—. Perdón. ¿De acuerdo? Por lo de la boda, por gritarte, por meterme en tu cocina. Perdón. —Respiré—. No te estoy pidiendo que me quieras. No te estoy pidiendo nada de eso. Solo te pido paz. Un año en paz. Podemos vivir como dos extraños educados en lugar de dos enemigos. —Extendí la mano—. ¿Tregua?

Zayed miró mi mano como si fuera algo peligroso.

Pasó un segundo. Dos.

Y entonces la tomó.

Su mano envolvió la mía, grande y tibia, y algo me recorrió el brazo entero. No la solté. Él tampoco. Se suponía que era un apretón, un trato, dos segundos y ya. Pero los segundos pasaron y ninguno de los dos aflojó los dedos.

Levanté la vista. Él ya me estaba mirando. Y en esa mirada no había nada de hielo. Había otra cosa. La misma cosa de la noche de la herida, de la cocina, de la cama a tres metros.

Su pulgar se movió sobre mi mano, despacio.

Y dio un paso al frente.

Un solo paso, que acortó el aire entre los dos, que me hizo contener la respiración, que prometía—

—¡Ah, aquí estás!

La puerta se abrió de golpe.

Khalid.

Soltamos las manos como dos adolescentes atrapados. Yo di un paso atrás. Zayed se giró hacia la ventana, la mandíbula apretada.

—Mariana, qué alegría verte por aquí. —Khalid entró sonriendo, dejó una carpeta sobre el escritorio de su hermano—. Zayed, esto necesita tu firma para hoy. —Y luego, tomándome del codo—: Y a ti te necesito un minuto. Cosa rápida. ¿Me la prestas, hermano?

Zayed no contestó. Khalid no esperó respuesta. Me sacó de la oficina antes de que yo pudiera siquiera mirar atrás.

—Espera, espera —protesté en el pasillo—. No había terminado de hablar con él.

—Créeme, terminaste perfecto. —Khalid sonreía de oreja a oreja—. Los vimos. Por la puerta entreabierta. Tomados de la mano.

—Era un estrechón de mano. Una tregua. Nada más.

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