MARIANA
Zayed no llegó a dormir.
Lo supe porque su lado de la habitación amaneció intacto, la cama vacía, el aire sin él. Y lo supe, sobre todo, porque me pasé media noche escuchando la puerta, esperando un sonido que no llegó.
No me importa, me dije mientras bajaba al desayuno. No me importa dónde pasó la noche ni con quién.
Mentira. Me importaba. Y eso me enojaba más que su ausencia.
Estaba sentada a la mesa, removiendo un café que no me tomaba, cuando él entró.
Traje arrugado del día anterior. Ojeras. Pero la espalda recta, como siempre.
—Buenos días —dijo a la mesa en general. A mí no me miró.
—Hijo. —Mansour ni levantó la vista de su periódico—. No dormiste en casa.
—Tenía muchas cosas en qué pensar. —Zayed se sirvió café—. Me quedé en la oficina.
Mansour hizo un sonido que no decía si le creía o no. Yo me concentré en mi taza para que nadie me viera la cara.
Una de las muchachas del servicio entró con una bandeja de plata y un sobre encima.
—Disculpen. Llegó esto para la familia.
Mansour lo tomó, lo abrió con un abrecartas de plata, y leyó en silencio. Algo en su gesto cambió.
—Una invitación —dijo—. A la boda de Nadia Al Farhan. Con Omar Hamza.
El nombre cayó sobre la mesa como una piedra. Layla dejó de masticar. Yo apreté la taza.
Y entonces Zayed, sin mirarme, lo soltó:
—Mariana la está organizando.
Layla casi se atraganta.
—¿Qué? —Me miró con los ojos enormes—. ¿Tú? ¿Vas a organizar la boda de Nadia y de Omar? Mariana, eso es una locura. Después de todo lo que pasó, meterte tú a...
—Al contrario. —Mansour la cortó con una calma que me puso la piel de gallina—. Es perfecto.
Todos lo miramos.
—Piénsenlo. —Dobló la invitación con cuidado—. La ciudad entera cree que rompimos la alianza por desprecio. Que humillamos a los Al Farhan. Y ahora resulta que la esposa de mi hijo, con sus propias manos, organiza la boda de Nadia. —Una sonrisa fría se le dibujó—. ¿Qué mejor manera de demostrar que esta familia no le guarda rencor a nadie? Que todo fue un malentendido, agua pasada. Es la mejor jugada de imagen que podíamos pedir. —Me miró por primera vez, evaluándome como a una pieza útil—. Sin querer, mi nuera hizo algo inteligente.
No supe si me acababan de elogiar o de usar. Con Mansour, casi siempre era lo segundo.
—Pues si Mariana va a organizarla —dijo Layla, animándose—, yo la ayudo. Conozco a los proveedores, conozco las costumbres, sé qué se hace y qué no en estas bodas. Sería divertido, las dos jun...
—No.
La voz de Zayed cortó el aire.
—Tú no vas a involucrarte en esto, Layla. —La miró duro—. Eres una señorita de esta familia. Tienes que cuidar tu imagen. Una mujer soltera no anda metida en los líos de los demás, organizando fiestas, dando que hablar. Así no vas a conseguir un buen esposo.
Me quedé con la taza a medio camino de la boca.
—¿Perdón? —se me salió.

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