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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 38

MARIANA

El día de la boda amaneció con mi teléfono echando chispas.

Llamadas al florista. Llamadas del catering. Confirmación del salón, de la música, del montaje. Pero a media mañana ya estaba todo resuelto. La boda de Nadia Al Farhan y Omar Hamza iba a ser impecable, porque yo no sabía hacer las cosas de otra manera, ni siquiera para mis enemigos.

Lo único que faltaba era esperar a Zayed.

Y, sin embargo, no era él lo que me tenía con el estómago apretado.

Era Gabi.

No me contestaba desde ayer. Ni un mensaje, ni una llamada de vuelta, nada. Y Gabi siempre contesta. Gabi contesta a las tres de la mañana, contesta en medio de una junta, contesta enferma. El silencio no era de ella.

Marqué otra vez. Buzón.

Se me cruzó por la cabeza lo peor. Que algo le hubiera pasado a Valentina. A mi mamá. Llamé a México con el corazón en la garganta, y mi mamá contestó al segundo timbre, tranquila

—Todo bien, mija. Aquí andamos. Valentina eta durmiendo ¿Por qué la angustia?

—Por nada, ma. Por nada.

Colgué un poco más tranquila. Pero solo un poco. Porque si Valentina y mi mamá estaban bien, entonces, ¿dónde estaba Gabi?

Guardé el teléfono. No era momento. Tenía una boda que fingir organizar y un marido que fingir amar.

—Señora. —Una de las muchachas asomó la cabeza—. El señor Zayed ya la espera abajo.

Me miré por última vez en el espejo.

Layla me había vestido. Un traje ceremonial de su cultura, bordado en hilos de oro, elegante hasta dolerme. "Aunque seas la organizadora", me había dicho, "esta noche entras como la esposa de uno de los hombres más importantes de Dubái. Que no se les olvide ni por un segundo."

Respiré hondo. Bajé las escaleras.

Y ahí estaba él.

Zayed me esperaba al pie de la escalera, vestido de gala, impecable, tan guapo que por un instante se me olvidó por qué estaba enojada con él. Me golpeó un recuerdo de lleno: el día que nos casamos. Él esperándome igual, al final de un pasillo, hermoso e imposible.

Levantó la vista. Y me miró.

Me recorrió despacio, de los pies al rostro, y por un segundo el bloque de hielo se agrietó entero y dejó ver al hombre de abajo. Un hombre que me miraba con algo muy parecido a la admiración.

Ninguno de los dos dijo nada. No sabíamos. Al menos yo no sabía que decir, después de dos semanas de ausencia, no sabía qué decir.

—Por favor. —Layla apareció entre los dos, rompiendo el momento con una sonrisa pícara—. Si siguen mirándose así, van a terminar quedandose en la casa y en una habitación. —Se rió—. Ustedes dos van a opacar a los novios. Van a verse mejor que ellos, eso me encanta.

Me reí sin querer. Zayed carraspeó y apartó la vista.

—Recuerden lo que son. —La voz de Mansour llegó desde la puerta, fría como siempre—. Un matrimonio. Y en estas ocasiones, las apariencias lo son todo. Toda Dubái va a estar mirándolos esta noche.

—Sé perfectamente lo que tengo que hacer, padre —dijo Zayed, sin mirarlo.

Y me ofreció el brazo. Caminamos a la salida

Hassan ya nos esperaba. Fui la primera en ingresar seguido por Zayed.

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