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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 39

MARIANA

Lo más difícil ya había pasado.

La ceremonia salió perfecta. Nadia entró como una reina, Omar la esperaba en el altar con esa sonrisa suya que a mí me daba escalofríos, y nadie, ni el invitado más exigente, habría encontrado una sola flor fuera de lugar. Ahora sonaba la música, los novios abrían el baile bajo una lluvia de luces doradas, y la fiesta entera me daba la razón: era un éxito.

Mi éxito. El que iba a salvar mi empresa.

Estaba sentada junto a Zayed, permitiéndome respirar por primera vez en horas, cuando vi el movimiento cerca de los baños. Una mesa de arreglos tambaleándose, una mesera con cara de pánico.

—Vuelvo enseguida —le dije a Zayed, y me levanté.

Era un accidente tonto. Un arreglo floral volcado, agua en el piso. Lo resolví en dos minutos: una mesera nueva, un trapo, otro centro de mesa de los de repuesto que yo siempre, siempre, tengo de repuesto.

Pero el calor del salón, la gente, el perfume de mil flores, todo de pronto me cayó encima. Me sentí sofocada. Me metí al baño a respirar un momento, sola, en uno de los privados del fondo.

Y entonces entraron ellas.

Dos mujeres. Tacones, risas, perfume caro. No me vieron.

—¿Viste a la mexicana? —dijo una—. La esposa de Zayed Al Rashid.

Me quedé muy quieta.

—La organizadora, querida. Resulta que la gran señora Al Rashid es una simple organizadora de fiestas. —Una risita—. Apareció de la nada y se quedó con uno de los mejores partidos del país.

—Es obvio lo que es. Una interesada. Una superficial. Ese matrimonio le huele a dinero desde aquí.

—Pobre Zayed. Tan cegado. ¿Tú crees que esa mujer lo quiere a él? Lo único que quiere es su fortuna. Se le nota.

Apreté los puños dentro del privado.

No era nuevo. Lo había escuchado mil veces, en mil tonos. Pero hay algo distinto en oírlo cuando estás encerrada en un baño, sola, lejos de tu casa, de tu hija, de tu mejor amiga que ni siquiera te contesta el teléfono. Algo que se te clava más hondo.

Lo único que quiere es su fortuna.

Si supieran. Si supieran que lo único que quiero es volver a México con mi empresa de pie y mi hija en brazos. Que cuento los días. Que ese hombre ni siquiera duerme en mi habitación.

Esperé, con la mandíbula apretada, hasta que terminaron de retocarse y se fueron riendo.

Salí. Me miré en el espejo. Me acomodé el vestido bordado de oro, levanté la barbilla como Layla me enseñó, y volví al salón.

A demostrarles a esas víboras exactamente lo equivocadas que estaban.

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