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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 40

ZAYED

Iba a besarla.

En medio de la boda de mi enemigo, bajo cien luces, con media Dubái mirando, le levanté la barbilla con un dedo y me acerqué a su boca, y por primera vez en mucho tiempo no me importó nada. No el contrato. No mi padre. No las cámaras. Solo ella, con los ojos cerrados, dejándome.

Un centímetro más.

—¿Me permites un baile con la novia más hermosa de la fiesta? Después de la mía, claro.

La voz cayó entre nosotros como agua helada.

Omar.

Estaba ahí, sonriendo, con una mano ya extendida hacia Mariana. Detrás de él, los invitados. Las cámaras. Los ojos de toda la ciudad esperando a ver qué hacía el matrimonio Al Rashid.

Quise decirle que no. Quise tomarla de la mano y sacarla de ahí. Quise borrarle esa sonrisa de un golpe.

Pero no podía. Negarme en público, en su boda, frente a todos, habría sido la ofensa que él estaba buscando. Le habría dado exactamente lo que quería.

Así que hice lo que tenía que hacer.

—Por supuesto —dije, con una sonrisa que me costó el alma—. Es tu noche.

Y solté la mano de Mariana.

Rashid la tomó. Vi cómo le ponía la mano en la cintura, en MI cintura, en el lugar que esa noche había sido mío, y algo dentro de mí se incendió.

Nadia apareció a mi lado, porque por supuesto que apareció.

—¿Bailas conmigo, entonces? —dijo, dulce—. Para que sea parejo.

La tomé. Bailé con ella. Moví los pies, sostuve la sonrisa.

Y no pude apartar los ojos de Omar ni un segundo.

Lo miraba reírle a Mariana. Acercarse de más. Hablarle al oído. Y yo ahí, bailando con mi exprometida, sintiendo cómo se me cerraba la mandíbula y se me tensaban las manos, hirviendo por dentro como una olla a la que alguien le selló la tapa.

—Vaya, vaya —murmuró Nadia, observándome—. Mírate.

—¿Qué.

—La amas. —Lo dijo sin rencor, casi con tristeza—. De verdad. La amas.

—Es mi esposa.

—No te pregunté qué es. Te dije lo que sientes. —Ladeó la cabeza—. Llevas todo el baile sin mirarme a mí, Zayed. Tienes los ojos clavados en ella como si Omar fuera a robártela en cualquier momento. —Sonrió, melancólica—. Yo te conozco. Nunca miraste a nadie así. Ni a mí.

No le contesté. Porque no tenía respuesta. Porque una parte de mí, una parte que llevaba semanas tratando de congelar, sabía que tenía razón.

Y entonces vi a Omar inclinarse hacia el oído de Mariana y decirle algo.

Vi cómo a ella se le borró la sonrisa. Cómo se puso rígida. Cómo palideció.

Y eso fue todo.

Solté a Nadia a media canción.

Crucé la pista en línea recta, sin importarme las miradas, y llegué junto a ellos.

—Disculpa, Omar. —Mi voz salió tranquila, pero por dentro era otra cosa—. Vine por mi esposa. Le debo este baile.

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