MARIANA
Bajé del auto antes de que se detuviera del todo.
—Mariana. —La voz de Zayed me siguió—. Espera. Detente.
No me detuve. Estaba demasiado enojada, demasiado confundida, demasiado todo. Entré al palacio a paso firme, con los tacones repiqueteando sobre el mármol, dispuesta a encerrarme en la habitación y no verle la cara hasta el día siguiente.
Y entonces una voz pequeña, una voz que reconocería entre un millón, atravesó todo el vestíbulo.
—¡Mamá!
Me quedé congelada.
Me giré despacio, segura de que me lo había imaginado, de que el cansancio me estaba jugando una broma cruel.
Pero no.
En medio de la sala, en pijama, con el cabello revuelto y los ojos brillantes, estaba mi hija.
Valentina.
—¡Mamá! —volvió a gritar, y echó a correr hacia mí con los bracitos abiertos.
Me agaché justo a tiempo para recibirla. La estrellé contra mi pecho, la apreté como si fuera a desaparecer, hundí la cara en su cabello que olía a champú de bebé y a hogar y a todo lo que llevaba semanas extrañando. No me importó el vestido de oro, ni los tacones, ni nada. Solo ella.
—Mi amor —alcancé a decir, con la voz rota—. Mi vida, ¿qué haces aquí?
—¡Vinimos en un avión gigante! —Se separó para mirarme, emocionada—. ¡Y tenía pantallas! ¡Y la tía Gabi se durmió con la boca abierta!
Levanté la vista.
Gabi estaba ahí, unos pasos atrás, todavía con la ropa del viaje y cara de no haber dormido en días.
—Perdón, Mari —dijo, encogiéndose de hombros—. Te juro que no pude avisarte. Todo pasó muy rápido.
—Mamá. —Valentina me tomó la cara con las dos manitas, obligándome a mirarla—. Estás bien bonita. Pareces una princesa.
Y ahí me quebré.
Las lágrimas me salieron sin permiso, calientes, imparables. Mi hija pensaba que parecía una princesa. Mi hija estaba aquí, en mis brazos, después de tantas noches contándola desde el otro lado del mundo. Lloré de alegría como no lloraba hacía meses, riéndome al mismo tiempo, besándole los cachetes mientras ella se reía.
—¿Por qué lloras, mamá? ¿Estás triste?
—No, mi amor. —La besé otra vez—. Estoy lo contrario de triste.
Me levanté con Valentina prendida de mi cintura y miré a Gabi.
—¿Cómo? —pregunté—. ¿Quién…?, Gabi. ¿Cómo llegaron hasta acá?
Gabi dudó. Y entonces sus ojos se movieron, despacio, por encima de mi hombro.
Hacia la puerta.
Hacia Zayed.
Él estaba parado en el umbral, todavía con el traje de gala, mirando la escena en silencio. Y no hizo falta que nadie dijera nada. Lo entendí de golpe, como un balde de agua.

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