MARIANA
Entré a la habitación con Valentina en brazos y la senté sobre la cama.
Mi hija abrió los ojos como platos. Giró la cabeza para ver todo: el techo altísimo, las cortinas pesadas, el ventanal con la ciudad encendida del otro lado.
—Mamá. —Soltó un suspiro de asombro—. Esta es la habitación más grandiosa del mundo entero.
—¿Verdad que sí? —Le sonreí, sentándome a su lado—. Aquí hasta uno se pierde para ir al baño.
Se rio con esa risa suya de cascabel.
La puerta se abrió. Zayed entró, y traía algo en la mano.
Mis zapatos.
Los tacones que yo había dejado tirados sobre el mármol del vestíbulo, sin importarme nada, con tal de cargar a mi hija. Él los había recogido. Los dejó junto al tocador.
—Gracias —dije.
Solo asintió.
—Mi amor. —Me volví hacia Valentina—. Mamá va al baño a quitarse este vestido de princesa, ¿sí? Tú no te muevas de la cama. Vuelvo en un minuto.
—Sí, mamá.
Fui rápido. Me quité el vestido de oro, los aretes, me solté el cabello, me puse el camisón. Un minuto, dos a lo mucho.
Y cuando volví, me detuve en la puerta.
Valentina no estaba en la cama.
Estaba en el sillón. En el sillón de terciopelo azul. Sentada junto a Zayed.
Y los dos estaban jugando.
Mi hija le había puesto en las manos uno de sus muñecos —no sé de dónde lo sacó, esa niña siempre tiene un muñeco escondido— y le explicaba algo muy serio, moviendo las manitas, y Zayed, el bloque de hielo, el hombre que negociaba con bancos y rompía copas con el puño, la escuchaba con toda la atención del mundo, asintiendo, contestándole en voz baja, siguiéndole el juego.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Esa imagen. Ese hombre enorme y serio, inclinado hacia mi hija, jugando con un muñeco de plástico porque ella se lo pidió.
No era justo. No era justo que me hiciera esto. Que me lo pusiera cada vez más difícil.
—¡Mamá! —Valentina me vio y corrió hacia mí—. ¡El señor de los naranjos sabe hacer voces!
—¿Ah, sí? —La levanté—. Qué talento tan escondido.
Zayed se puso de pie, de pronto otra vez rígido, como si lo hubiera atrapado en falta.
—Voy a cambiarme —murmuró, y caminó hacia el baño.
—Zayed. Espera. —Lo detuve—. Necesito decirte algo. Lo de Omar.
Se detuvo.
—En el baile —dije, mientras me acercaba y dejaba a Valentina en el sillón—. Lo que me dijo al oído.
Zayed esperó.
—Me dijo que sabe las verdaderas razones de nuestro matrimonio. —Tragué—. Que sabe que es un contrato. Que tú no me quieres y yo no te quiero a ti. Que todo esto es de mentira.
Algo le cruzó la cara. Pero su voz salió tranquila.


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