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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 44

MARIANA

Salí al jardín con Valentina de la mano, a cumplir una promesa.

—¿Y los naranjos, mamá? ¿Dónde están los naranjos?

—Por allá, mi amor. Ya vamos.

Pero antes de llegar a los árboles, las encontré a las dos. Layla y Gabi, sentadas en una de las bancas de piedra, riéndose como si se conocieran de toda la vida. Mi cuñada y mi mejor amiga. Dios nos ampare.

—¡Mira quién despertó! —Gabi abrió los brazos—. La señora jequesa.

—No empieces. —Me acerqué—. Veo que ya se conocieron.

—Tu amiga es un encanto —dijo Layla, poniéndose de pie—. Y muy chismosa. Me cae perfecto.

Hice las presentaciones formales, aunque ya sobraban.

—Layla, ella es Gabi, mi socia y mi hermana del alma. Gabi, Layla, la hermana de Zayed.

—Ya nos pusimos al día con lo esencial —dijo Layla, guiñando un ojo. Y luego, agachándose hacia mi hija—: ¿Tú eres la famosa Valentina? Me han contado que quieres ver los naranjos. ¿Qué te parece si te los enseño yo mientras tu mamá platica con su amiga? Conozco un árbol que da las naranjas más dulces de todo Dubái.

Valentina la miró con desconfianza dos segundos. Después le tomó la mano.

—Está bien. Pero mamá viene al rato.

—Al rato voy, mi amor.

Y se fueron las dos, mi hija y mi cuñada, rumbo a los naranjos, dejándome sola con Gabi.

Que era exactamente lo que Gabi quería.

Se cruzó de brazos en cuanto estuvimos solas.

—Bueno. Se fue la niña. Ahora me vas a contar todo. —Me clavó esa mirada—. Y cuando digo todo, es todo, Mariana. ¿Bajo qué condiciones aceptaste casarte con el guapote del jeque? Porque tú no eres de las que se casan en veinticuatro horas con un desconocido. Algo me estás escondiendo desde hace un mes y se acabó.

Suspiré. Me senté en la banca. Y se lo conté.

Todo.

La suite equivocada. El desconocido que resultó ser el novio de la boda. El escándalo. Las fotos. La alianza rota. El ultimátum: casarme con él o me destruía la empresa. El contrato. Como detuvo un avión para que no regresara. Dormir en una misma habitación, él en la cama yo en un sillón. Un año. Un año exacto viviendo en Dubái, fingiendo un matrimonio, hasta que el plazo se cumpliera y él me devolviera a México como un paquete.

Gabi me escuchó con la boca cada vez más abierta.

—Un contrato —repitió—. Estás casada por un contrato. Un año.

—Un año.

—¿Y no pensabas contarme? —Me dio un manotazo en el brazo—. ¡Soy tu socia! ¡Tu hermana!

—No podía, Gabi. Es confidencial. Está en el contrato.

—¡Al diablo el contrato! —Bajó la voz de golpe—. ¿Y a tu mamá? ¿A tu mamá tampoco le dijiste nada?

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