MARIANA
Desperté sola en la cama.
El lado de Zayed estaba vacío, las sábanas revueltas, pero su calor todavía ahí. Y cuando abrí del todo los ojos, lo encontré de pie a unos pasos, frente al clóset, poniéndose la ropa.
Sin camisa.
La espalda descubierta, ancha, dorada por la luz de la mañana, los músculos moviéndose mientras buscaba una camisa. Me quedé mirándolo más tiempo del que debía. Mucho más.
—Puedes seguir mirando —dijo, sin voltearse, con una sonrisa en la voz—. No cobro por las mañanas. Solo las tardes.
Me puse roja hasta la raíz del cabello.
—No te estaba mirando.
—Claro que no. —Ahora sí se giró, abrochándose un botón, divertidísimo—. Mirabas la pared. Que casualmente está detrás de mí.
—Eres insoportable. —Me senté, jalando la sábana—. ¿También trabajas en fin de semana? ¿No descansas nunca?
—Hoy no voy a trabajar. —Tomó la camisa—. Hoy voy a cumplir una promesa. —Algo en su tono se suavizó—. Le prometí a una niña que la llevaría a ver los verdaderos naranjos. No por una pantalla. En persona.
Se me apretó algo en el pecho.
—Pero tu hermana lo hizo ayer. —Fruncí el ceño
—Esos no son los verdaderos naranjos. Yo la llevaré a conocer los verdaderos.
—¿Lo planearon sin mí? —cuestione
—Apúrate, entonces. —Terminó de abrocharse la camisa—. Si quieres venir, apúrate. Layla ya tiene a Valentina lista y desayunada. Te esperamos en el jardín. —Y antes de salir, por encima del hombro—: O quédate mirando la pared. Tú decides.
Salió.
Y yo salté de la cama a vestirme más rápido de lo que me he vestido en mi vida.
Los alcancé en el jardín.
El sol apenas calentaba, el aire olía a flores, y los tres echamos a caminar por los senderos hacia el fondo, donde los árboles se hacían más espesos. Valentina iba en medio, dándonos una mano a cada uno, brincando y hablando sin parar.
—¿Y son naranjos de verdad, de verdad? ¿Con naranjas? ¿Me puedo comer una?
—De verdad de verdad. —Zayed le contestaba con una paciencia que me derretía—. Y sí, puedes comer una. La más dulce. Yo te la escojo.
Lo miré de reojo. La forma en que le hablaba. La forma en que acortaba el paso para que ella no se quedara atrás. La forma en que el hombre que rompía copas con el puño se agachaba a quitarle una piedra del zapato a una niña de cuatro años.
No era justo. Cada día era menos justo.
Llegamos a los naranjos. Valentina soltó un grito de emoción y se echó a correr entre los árboles, riéndose, persiguiendo el aroma de los azahares.
Zayed y yo nos quedamos atrás, mirándola.
—Tengo que contarte algo —dije—. Gracias a la boda de Nadia y Omar, nos llegaron dos propuestas más de trabajo. Aquí, en Dubái. La empresa está repuntando.
—Lo sé. —Zayed miraba a Valentina correr—. Por eso traje a tu amiga.

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