MARIANA
—Fue una gran actuación.
Las palabras me cayeron encima como agua helada.
Zayed todavía tenía las manos en mi rostro, los labios a un centímetro de los míos, la respiración entrecortada. Pero su voz había vuelto a ser la de siempre. Tranquila. Calculada.
—¿Qué? —apenas pude decir.
—Un par de paparazzi. —Inclinó apenas la cabeza hacia la izquierda, sin soltarme—. En el muro del fondo. Llevan un rato con las cámaras. Mañana vamos a estar otra vez en todos lados. La pareja perfecta, besándose entre los naranjos. —Una media sonrisa fría—. No pude pedir mejor escenario.
Seguí su mirada. Y ahí estaban. Dos siluetas en lo alto del muro lejano, dos destellos de lente atrapando el sol.
Paparazzi.
Claro.
Por eso el beso. Por eso la caricia. Por eso todo.
Sentí cómo se me caía algo por dentro, despacio, en silencio, donde él no pudiera verlo. Porque yo, tonta de mí, había cerrado los ojos. Me había aferrado a su camisa. Le había devuelto el beso con el alma entera, convencida, por un instante glorioso y estúpido, de que era real.
Y no era nada. Era una foto más. Una función más. La mejor actuación de esposa enamorada, como él había pedido.
Solo que esta vez la enamorada de verdad había sido yo.
—Claro —dije, despegándome de sus manos, poniéndome la sonrisa antes de que se me notara la grieta—. Buena jugada. Muy convincente.
—Mamááá. —Valentina apareció corriendo entre los árboles, salvándome sin saberlo—. ¡Encontré una naranja en el suelo! ¿Me la puedo comer?
—Esa no, princesa. —Zayed se agachó hacia ella, y la ternura le volvió a la cara como si nunca se hubiera ido—. Ven. Te voy a enseñar todos los naranjos, uno por uno, y tú escoges la mejor del árbol. ¿Trato?
—¡Trato!
—Ve con ella —dije, dando un paso atrás—. Yo… tengo que revisar unas cosas del trabajo. Vayan ustedes.
Y me fui antes de que alguno de los dos viera lo que se me estaba derramando por dentro.
Entré a la casa caminando rápido, parpadeando fuerte, tragándome todo.
*Eres una tonta, Mariana. Una tonta otra vez.*
Me lo había prometido. Después de Rodrigo, me había jurado no volver a ilusionarme con un hombre que no me eligiera de verdad. Y ahí estaba, con los labios todavía hinchados de un beso que para mí fue el cielo y para él fue una foto.
Me lo prometí de nuevo, ahí, en el pasillo, con más fuerza que nunca.
No más ilusiones. No más cerrar los ojos. No más creer.

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