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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 49

MARIANA

—Y luego el señor de los naranjos me subió a sus hombros, mamá. ¡A sus hombros! Y alcancé la naranja más alta de todo el árbol. La más alta.

Le pasaba el cepillo por el cabello mojado, despacio, mientras mi hija no paraba de hablar.

—¿En serio? —Sonreí—. Qué afortunada.

—Y hace voces de pato. Y de león. Y me dejó comer dos naranjas aunque dijo que una. —Bajó la voz, cómplice—. No le digas que fueron dos.

—Tu secreto está a salvo. —Le di un besito en la coronilla—. Me alegra que te divirtieras tanto, mi amor. De verdad.

Valentina se quedó callada un momento, jugando con el dobladillo de su pijama. Y luego soltó la pregunta que yo más temía.

—Mamá. ¿Nos vamos a quedar en el palacio para siempre?

Se me detuvo el cepillo a media pasada.

—No, mi vida. —Me obligué a sonreír—. No nos quedamos. Esto son como unas vacaciones. Estamos de paseo, nada más. Y cuando se acaben, nos regresamos a México, con la abuela, a nuestra casa. A nuestra vida.

—Pero a mí me gusta aquí. —Hizo un puchero—. Están los naranjos. Y el señor.

—Lo sé, mi amor. —Le acaricié la mejilla, tragándome el nudo—. Pero las vacaciones siempre se acaban. Por eso hay que disfrutarlas mientras duran. ¿Sí?

No le convenció. A mí tampoco. Pero la acosté, la arropé, le canté media canción y se quedó dormida antes de la segunda estrofa, con su muñeco apretado contra el pecho.

Me quedé mirándola un momento. Vacaciones, Mariana. Solo vacaciones. No lo olvides tú tampoco.

Entré a la habitación y casi choco con él.

Zayed salía del baño, con el cabello húmedo y el torso descubierto, secándose con una toalla. Aparté la mirada tan rápido que casi me lastimo el cuello.

—Puedes dormir en la cama —dijo, como si nada—. Conmigo. No tengo ningún inconveniente. La de anoche fue una buena noche.

Para él, quizá. Para mí fue una noche entera despierta, demasiado consciente de su respiración, demasiado consciente de todo. Y eso fue antes del beso entre los naranjos. Antes de la palabra "actuación". Antes de recordar, de la peor manera, que para él yo era una función con buena iluminación.

No. La cama no.

—Prefiero el sillón —dije, yendo por mi almohada—. Es mucho más cómodo de lo que parece.

—No tienes que mentir.

—No estoy mintiendo. —Acomodé la manta sobre el terciopelo azul—. Ya me acostumbré. Y la verdad, prefiero dormir sola. —Me giré hacia él, y dejé que la voz me saliera firme—. Afuera, frente a las cámaras, frente a tu familia, podemos actuar tan real como tú quieras. Se nos da bien. Pero aquí adentro, donde no nos ve nadie, no hace falta. No tenemos que ser cordiales. No tenemos que fingir que somos algo. Aquí podemos ser exactamente lo que somos: dos extraños con un contrato.

Algo le cambió la cara. La sonrisa fácil se le borró. Se le puso seria, dura, esa expresión que yo ya conocía y que significaba que le había dado donde dolía, aunque él jamás lo admitiría.

—Como quieras. —Fue a su armario, se puso pantalones. Aventó la toalla sobre una silla—. Allá tú, si prefieres despertar con el cuello roto antes que admitir que ese sillón es un instrumento de tortura. —Se metió a la cama, apagó su lámpara—. Buenas noches, extraña.

Me dolió más de lo que esperaba.

Me llevé mi almohada al sillón, sabiendo que era lo mejor. Que tenía que mantener la distancia. Que cada centímetro entre él y yo era un centímetro menos de corazón roto cuando llegara la fecha.

Estaba acomodándome cuando me vibró el teléfono.

Mamá.

Salí al balcón para no despertar a nadie y contesté.

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