ZAYED
Llevaba dos horas frente al mismo documento y no había leído ni una línea.
Se suponía que para hoy debía tener listo el avance del proyecto. Mi equipo lo esperaba. Mi agenda lo exigía. Y yo estaba ahí sentado, con la mirada clavada en la pared, hirviendo por dentro.
Enojado con Mariana. Enojado conmigo mismo.
Le traje a su hija desde el otro lado del mundo. Le traje a su amiga para quitarle el peso del trabajo. Le ofrecí la cama. Le ofrecí, sin decirlo con esas palabras, dejar de pelear. Y lo único que gané fue su espalda y una frase clavándose como cuchillo: dos extraños con un contrato.
Prefirió el sillón de la tortura antes que compartir la cama conmigo.
Prefirió el dolor de cuello a tenerme cerca.
El lápiz que tenía en la mano se partió en dos con un crujido seco.
—Veo que es un buen momento.
Levanté la vista. Hassan estaba en la puerta, mirando el lápiz roto entre mis dedos con esa cara suya que no se sorprendía de nada.
—¿Qué pasa?
—Vengo por órdenes de su padre, señor. —Inclinó la cabeza—. Lo espera para almorzar. Hoy. Ahora.
Fruncí el ceño.
—¿Mi padre quiere almorzar conmigo? —Solté los pedazos del lápiz—. Eso es raro. Mi padre no almuerza con nadie sin un motivo. Algo trae entre manos.
—Es probable, señor. —Hassan se hizo a un lado para dejarme pasar—. Yo solo soy el chofer.
—Tú nunca eres solo el chofer, Hassan.
Casi sonrió.
En el auto, el silencio duró poco. Hassan tenía la manía de llenar los silencios con verdades.
—¿Cómo está la pequeña Valentina? —preguntó, los ojos en el camino—. La vi en el jardín esta mañana. Persiguiendo mariposas.
—Bien. —Miré por la ventana—. Está bien.
—Es una buena niña. —Una pausa—. Y su madre es una buena mujer, señor. Si me permite decirlo.
—Te lo permita o no, lo vas a decir.
—Es cierto. —Esta vez sí sonrió—. Es una buena mujer. Aunque, debo admitirlo, es la mujer más terca que ha pisado esa casa en treinta años. Le contradice en todo. No le tiene miedo a nada. Ni a usted, ni al señor Mansour. —Me miró un instante por el espejo—. Y si me permite una opinión que nadie me pidió… creo que eso es justamente lo que más le gusta de ella.
No le contesté.
Porque no tenía con qué. Porque tenía razón.
Miré por la ventana el resto del camino y dejé que el silencio dijera lo que yo no iba a decir.

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