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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 51

ZAYED

El teléfono vibró sobre el lavabo mientras me lavaba los dientes.

Una notificación. Luego otra. Luego diez.

Me sequé la boca y revisé. Y ahí estaba.

La foto.

Mariana y yo entre los naranjos, esa misma mañana. Mi mano en su rostro, su boca contra la mía, el sol filtrándose entre las hojas. Ya estaba en todas las redes, compartida miles de veces, con cientos de comentarios sobre el matrimonio Al Rashid y su amor de cuento.

La miré más tiempo del necesario.

Porque yo sabía la verdad. Yo había visto a los paparazzi asomados sobre el muro del fondo antes de besarla. Los vi perfectamente. Y los usé de excusa. "Fue una gran actuación", le dije después, señalando las cámaras, dejando que ella creyera que todo había sido por la foto.

Mentira.

Las cámaras solo fueron el pretexto que necesitaba para hacer lo que llevaba semanas muriéndome por hacer. Para hacer lo que quería desde el primer día. Desde que firmé un contrato con una desconocida terca y me di cuenta, demasiado pronto, de que quería besarla mucho más de lo que el contrato permitía.

Pero al parecer entre Mariana y yo se había construido un muro de ladrillos imaginarios.

Apagué la pantalla. Salí del baño.

Y la vi.

Mariana, dormida en el sillón. Hecha un ovillo, incómoda, con el cuello en un ángulo imposible, una manta a medio caer. Prefería eso. Prefería el sillón de la tortura antes que compartir la cama conmigo.

Pues se acabó, pensé.

No iba a volver a dormir ahí. No mientras yo tuviera algo que decir al respecto.

Me acerqué despacio. Pasé un brazo bajo sus rodillas, otro bajo su espalda, y la levanté con cuidado de no despertarla. Pesaba menos de lo que imaginaba. Murmuró algo dormida, se acurrucó contra mi pecho como si fuera lo más natural del mundo, y algo en mí se apretó.

La llevé hasta la cama. La recosté sobre las sábanas, le acomodé la almohada, la cubrí.

Y en lugar de irme al sillón, como debía, me acosté a su lado.

Me quedé mirándola. La curva de su mejilla, las pestañas largas, los labios entreabiertos, ese gesto terco que no se le borraba ni dormida. La mujer que me besó entre los naranjos como si el mundo se fuera a acabar y a la mañana siguiente volvió a tratarme como a un extraño.

Negué con la cabeza en la oscuridad.

La sangre de las latinas le hace perder la cabeza a cualquiera, pensé. Hasta a un hombre de hielo.

Cerré los ojos sin dejar de sonreír.

***** *****

Desperté con un peso tibio sobre el pecho.

Tardé un segundo en entender qué era. Mariana. Casi encima de mí. La cabeza apoyada sobre mi pecho, una mano cerrada sobre mi camisa, una pierna cruzada sobre las mías. Toda la noche peleando por el sillón, y mírala, abrazada a mí como si yo fuera su almohada favorita.

Sentí su respiración cambiar. Estaba despertando.

Así que hice lo único sensato: me quedé muy quieto, cerré los ojos y me hice el dormido.

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