MARIANA
—¡Mamá, mira! ¡Otra vez la mariposa morada!
Valentina corría por el jardín detrás de una mariposa que parecía la misma de ayer, la misma que nunca se dejaba atrapar. Yo la miraba desde la banca de piedra, con un café en la mano y la cabeza en cualquier parte menos ahí.
Porque no podía dejar de pensar en la mañana.
En cómo desperté. Encima de él. La cabeza en su pecho, la mano aferrada a su camisa, como si mi cuerpo, mientras yo dormía, hubiera decidido por su cuenta hacer exactamente lo que mi orgullo me tenía prohibido. Y en su voz, grave, cerca de mi boca: *no me tientes*.
Sacudí la cabeza. *Concéntrate, Mariana. Es un actor. Todo con él es una función. Ya lo aprendiste por las malas.*
—Buenos días, jequesa distraída.
Gabi se dejó caer a mi lado en la banca, con su carpeta y su teléfono.
—Te puse al día con todo. —Empezó a soltar cifras—. Los dos eventos van perfecto. Cerré fechas, proveedores y anticipos. Y adivina qué: nos llegó una consulta de un tercero. Un cumpleaños de quince de una familia importantísima. Si lo cerramos, este trimestre es el mejor de la historia de la empresa.
—Gabi, eres un milagro. —Le apreté la mano—. En serio. Gracias. No sé qué haría sin ti.
—Lo sé. Soy indispensable. —Se acomodó el cabello—. Oye, ¿a qué hora vuelve Khalid?
—¿Khalid? ¿Para qué?
—Para sus clases, obvio. La transformación no se hace sola. —Frunció el ceño—. Lo busqué toda la mañana y nada. Se me escurre. Ayer también. —Bajó la voz, casi ofendida—. Mari, te lo juro, tengo la sospecha de que ese hombre me está huyendo.
Miré a mi amiga.
—Gabi. —Le hablé con suavidad—. No lo presiones.
—Yo no lo presiono. Yo lo educo.
—Es distinto para él de lo que es para ti. —Elegí bien las palabras—. Dale espacio. Si sale corriendo, es porque algo lo pone nervioso. No es normal para el todo esto.
—Ajá. La experta en hombres. La misma que duerme en un sillón para no acercarse al suyo.
—Ese es otro tema.
—Es el mismo tema, amiga. Siempre es el mismo tema.
Dejé pasar la pulla. Tenía cosas más urgentes en la cabeza.
—Gabi. Necesito contarte algo y necesito que no te alteres. —Bajé la voz aunque no había nadie cerca—. Me llamó mi mamá. Rodrigo apareció en México. Fue a la casa. A buscarme a mí. Y a Valentina.
A Gabi se le borró la sonrisa de golpe.
—¿Rodrigo? ¿Después de dos años sin dar señales de vida? —Se enderezó—. ¿Qué mosca le picó?
—Vino furioso. Gritando cosas. Mi mamá dice que mencionó algo de un matrimonio en Dubái. —Apreté la taza—. Sabe, Gabi. Rodrigo sabe que me volví a casar.
—Pues claro que sabe. —Gabi soltó el aire—. Mari, tu cara está en todas las redes del planeta besando a un jeque millonario. No hace falta ser detective. Cualquiera que prenda un teléfono se enteró. —Me miró seria—. Y Rodrigo, que no movió un dedo por su hija en dos años, justo ahora reaparece. ¿Te das cuenta de lo que eso significa?


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