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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 53

MARIANA

Aaliyah se quedó a cenar.

Por supuesto que se quedó a cenar. Mansour lo arregló con esa naturalidad suya de dueño del universo: "Sería una descortesía dejarla ir con el estómago vacío", dijo, y la sentó a la mesa familiar como si perteneciera ahí desde siempre.

Frente a mí. A tres sillas de Zayed. Porque claro, él también ya había llegado del trabajo y estaba ya en el comedor.

Y yo, que me había prometido no darle importancia, me pasé la cena entera dándosela toda.

—Aaliyah estudió Economía en Londres —anunció Mansour, sirviéndose vino, encantado—. Igual que tú, Zayed. Qué coincidencia tan agradable.

—Qué coincidencia —repetí yo, cortando mi comida con más fuerza de la necesaria.

—Y toca el piano —siguió el patriarca—. Y monta a caballo. Y habla cuatro idiomas.

—Cinco, señor —corrigió Aaliyah con modestia—. Aprendí italiano el año pasado.

—Cinco. —Mansour la miró con orgullo de coleccionista—. ¿Escuchaste, Zayed? Cinco idiomas.

—Impresionante —dijo Zayed.

Y ahí estuvo. Ahí empezó a arderme el estómago.

Porque Zayed era cortés con ella. Educado. Le contestaba sus preguntas, le sostenía la mirada cuando hablaba, le sonreía apenas en los momentos correctos. Nada indebido. Nada que yo pudiera señalar. Y precisamente por eso me hervía la sangre: porque no tenía de dónde agarrarme. Ni una sola palabra fuera de lugar, ni un solo gesto de más. Un caballero perfecto con la mujer perfecta que su padre había traído a la mesa.

*A ti qué te importa, Mariana*, me repetía. *Que hablen. Que se miren. Que se casen si quieren. No es tu problema.*

Pero mi boca no me hizo caso.

—Qué currículum tan completo —dije, con una sonrisa dulce como el veneno, cuando Mansour hizo una pausa para respirar—. Economía, piano, caballos, cinco idiomas. Solo le falta aprender a organizar una boda. —Miré a Aaliyah directo—. Aunque para eso, supongo, siempre se puede contratar a alguien.

Silencio.

Layla, a mi lado, se atragantó con el agua. Zayed levantó la vista del plato y me miró con una ceja arqueada, entre alarmado y, juraría, divertido. Mansour entrecerró los ojos.

Aaliyah, para su crédito, solo sonrió con suavidad.

—Seguramente —dijo—. Aunque dudo que alguien lo hiciera tan bien como usted. Su trabajo en la boda de Nadia fue la comidilla de toda la ciudad.

Touché. La niña tenía clase. Lo cual, absurdamente, me molestó todavía más.

Fue entonces cuando Layla se inclinó hacia mí, disimulando con la servilleta, y me susurró al oído lo que yo ya sabía y no quería confirmar.

—Es ella. —Su voz apenas un hilo—. La que mi padre le tiene apartada a Zayed. Para cuando tú… ya sabes. Para después. La lleva presentando por media Dubái. Aaliyah es su primera opción.

Me quedé con el tenedor a medio camino de la boca.

Ahí estaba. Confirmado. Negro sobre blanco. Aaliyah no era una amiga, ni una invitada, ni una casualidad. Era el reemplazo. La esposa siguiente. La que ocuparía mi silla en esta mesa, mi lado de la cama, mi lugar junto a Zayed, en cuanto se cumpliera el año y yo empacara mis maletas de vuelta a México.

Y aquí viene lo estúpido. Lo que no le pude confesar ni a Layla.

Que esa noticia debería haberme dado alivio.

Piénsalo. Si Mansour ya tenía lista a la siguiente, entonces todo iba según el plan. El contrato se cumpliría, yo recuperaría mi libertad, volvería a mi vida, a mi país, con mi hija y mi empresa a flote. Aaliyah tomaría el trono que yo nunca quise. Todos felices. Misión cumplida.

Debería haberme sentido aliviada.

En cambio, me sentí como si alguien me hubiera clavado algo helado en el pecho.

En cambio, me pasé el resto de la cena mirando de reojo cada vez que Zayed le dirigía la palabra a esa chica perfecta, con una rabia sorda que no tenía ningún derecho a sentir.

En cambio, me di cuenta, con horror, de que estaba celosa.

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