KHALID
Llevaba tres días evitando a Gabi.
No por antipatía. Al contrario. Sino porque esa mujer era demasiado. Demasiada energía, demasiadas preguntas, demasiado ruido para un hombre que llevaba treinta y ocho siete años cultivando el arte de no llamar la atención. Cada vez que la veía venir por un pasillo, con esa carpeta bajo el brazo y esa mirada de "tengo planes para ti", yo daba media vuelta y me refugiaba en mi oficina, en mi mundo de contratos y silencio, donde nadie me criticaba las corbatas.
Sobreviví tres días.
Al cuarto, me emboscó.
—Ajá. —La encontré sentada en mi propia oficina, en mi propia silla, con los pies sobre mi escritorio y una bolsa enorme a su lado—. Con que huyéndole a la maestra, ¿eh?
—No te estaba huyendo. Estaba… trabajando.
—Khalid, son las siete de la tarde de un jueves. —Bajó los pies—. Nadie trabaja tanto salvo la gente que se esconde de algo. Y tú te escondes de mí. —Me señaló una silla—. Siéntate. Se acabó la luna de miel del miedo. Hoy empieza el proyecto.
Suspiré. Reconocí una batalla perdida cuando la vi. Me senté.
Lo primero fue la bolsa.
—Fui de compras. —La volcó sobre el escritorio: camisas, un par de sacos, cosas de colores que yo jamás en mi vida habría tocado—. Con tu tarjeta, para que sepas. Firmaste una autorización.
—Yo no firmé nada.
—Firmaste un montón de papeles esta mañana sin leerlos, abogado. Deberías tener más cuidado con lo que firmas. —Me guiñó un ojo—. Irónico, ¿no?
Abrí la boca. La cerré. La mujer tenía un punto.
Me hizo probarme todo. Protesté con cada prenda. "Esto es demasiado ajustado". "Esto es azul". "Yo no uso azul". "Los abogados no andamos de azul". Ella ignoró cada queja con la paciencia de quien domestica a un animal terco, y al final me plantó frente al espejo.
Y me quedé callado.
Porque el hombre del espejo no era el contador triste de siempre. Era… alguien. Alguien con hombros, resulta. Alguien que no parecía pedir perdón por existir.
—¿Ves? —Gabi apareció detrás de mí en el reflejo, con las manos en las caderas, orgullosa—. Te lo dije. Debajo del desastre había material. Solo había que desenterrarlo.
—No está mal —admití.
—¿"No está mal"? Khalid, estás guapo. Acéptalo. Di "Gabi, soy un hombre guapo".
—No voy a decir eso.
—Dilo.
—Soy… presentable.
—Es un empiezo. —Se rio. Y su risa, tengo que admitirlo, era contagiosa.
Después vino lo difícil. La parte que a mí me aterraba más que cualquier saco azul.
—Ahora, la conversación. —Gabi se sentó frente a mí y cruzó las piernas—. Porque de nada sirve que estés guapo si abres la boca y espantas a la pobre Yasmín con datos legales. Vamos a practicar. Yo soy Yasmín. Conquístame.
—¿Cómo que te conquiste? No puedo… así, en frío.

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