MARIANA
Amanecí con la cabeza hecha un nudo.
Entre Aaliyah, los celos que me negaba a nombrar, Zayed y su "estás celosa hasta la punta del cabello", y Rodrigo acechando del otro lado del mundo, sentía que si me quedaba un minuto más encerrada en mis pensamientos iba a explotar. Necesitaba salir de mi propia cabeza. Necesitaba distraerme.
Necesitaba a Gabi o Layla.
Mejor Layla.
La encontré en la terraza, con su taza de café de contrabando, mirando el jardín como quien mira una jaula bonita.
—Buenos días, cuñada. —Levantó la taza—. ¿Café prohibido? Halima cree que solo tomo té. Que no se entere o me mata.
—Tengo una idea mejor. —Me senté a su lado—. ¿Qué tal si en vez de café prohibido, hacemos algo de verdad prohibido?
Layla arqueó una ceja, interesada.
—Te escucho.
—Ven conmigo a la cocina. —Le sonreí—. Te voy a enseñar a cocinar.
Se le abrieron los ojos como platos.
—¿A cocinar? Mariana, las mujeres de esta familia no entramos a la cocina. Para eso está el personal. Halima se va a…
—Exacto. —Me levanté y le tendí la mano—. Por eso es divertido.
La cocina del palacio era enorme, de acero y mármol, y Halima la custodiaba como un dragón custodia su tesoro.
—Señora. —El ama de llaves nos cerró el paso apenas entramos, mirándonos con horror—. Esto no es apropiado. La señorita Layla no puede… ustedes no deberían…
—Halima. —Le puse mi mejor sonrisa—. Solo vamos a preparar algo pequeño. Un antojo mexicano. Tú descansa. Nosotras nos encargamos. Prometo dejar todo como estaba.
Halima abrió la boca para protestar, miró a Layla, miró la determinación en mi cara, y entendió que esta batalla la tenía perdida. Salió resoplando, murmurando algo sobre que en sus treinta años nunca había visto semejante cosa.
Layla se rio como una niña que se salta la escuela.
—No puedo creer que la sacaste de su propia cocina.
—Es un don. —Le pasé un delantal—. Ahora, ponte esto. Y espera, que falta la mejor ayudante.
Fui por Valentina, que andaba persiguiendo mariposas en el jardín, y la traje de la mano. En cuanto vio la harina y la masa sobre la mesa, mi hija soltó un grito de felicidad.
—¡Mamá! ¿Vamos a cocinar? ¿Como en casa de la abuela?
—Como en casa de la abuela, mi amor. Ponte tu delantal, chef.
Cocinamos toda la mañana las tres.
Fue un desastre glorioso. Layla no sabía ni encender la estufa; había vivido treinta y dos años sin necesitarlo. Quemó la primera tortilla, se rio, se le cayó harina en el cabello perfecto, se rio más. Valentina, subida en un banco, aplaudía cada tortilla quemada como si fuera un logro y metía los deditos en la masa cada vez que yo me distraía. Le enseñé a Layla a girar la masa, a no tenerle miedo al fuego, a probar con el dedo; y a Valentina a formar los churros, que le salieron con forma de gusanos gordos de los que estaba orgullosísima. Layla me contó anécdotas de la familia, chismes de la corte, historias de Zayed de niño que me guardé como oro en el pecho.
Y en algún punto, entre risas y quesadillas quemadas, dejamos de ser la cuñada extranjera y la hermana del jeque.
Nos volvimos amigas. De las de verdad.

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