MARIANA
Esa noche, acostada, todavía sonriendo por dentro por el día en la cocina, mi teléfono vibró en la mesita.
Un mensaje. Número desconocido.
Lo abrí medio dormida, sin pensar. Y el sueño se me fue de golpe.
*"Hola, Mari. Soy yo. Sé que estás en Dubái. Tenemos que hablar de Valentina. No me ignores, o te va a pesar."*
Rodrigo.
Me senté en la cama de un salto, el corazón disparado. Leí el mensaje tres veces, como si en la cuarta fuera a decir otra cosa. Pero no. Era él. Su forma de hablar, su forma de amenazar con dulzura, esa costumbre suya de disfrazar un golpe de preocupación paterna.
¿Cómo consiguió mi número? Yo lo había cambiado hacía más de un año, justo para que él no pudiera encontrarme. Nadie que él conociera lo tenía. Nadie.
Y sin embargo, ahí estaba. Escribiéndome como si nada, como si no hubieran pasado dos años sin una llamada, sin una pensión, sin una sola pregunta por su hija.
Miré hacia la puerta. Zayed no estaba; se había quedado trabajando hasta tarde. Miré el otro lado de la cama, vacío.
Y el teléfono empezó a sonar. El mismo número.
Me quedé mirándolo vibrar, con el estómago hecho un nudo. Podía no contestar. Podía bloquearlo, apagar el teléfono, fingir que no había visto nada.
Pero conocía a Rodrigo. Si no le contestaba yo, iba a seguir. Iba a llamar a mi mamá, a buscar por otros lados, a hacer más ruido. Y el ruido era lo último que necesitaba en esta casa.
Respiré hondo. Contesté.
—¿Qué quieres, Rodrigo?
—Vaya. Hasta que la señora me contesta. —Su voz, esa voz que alguna vez creí amar, ahora me daba escalofríos—. Qué difícil te volviste de encontrar, Mari. Pero ya ves. Al final siempre te encuentro.
—Te pregunté qué quieres.
—Quiero ver a mi hija. —Lo dijo con un tono ofendido, ensayado—. Soy su padre. Tengo derechos. Y me entero, por terceros, de que te la llevaste al otro lado del mundo sin consultarme. Que la tienes viviendo con un desconocido. Un árabe millonario. ¿Sabes cómo se ve eso ante un juez, Mariana? Una madre que arranca a su hija de su país para meterla en el harén de un jeque.
—No es un harén y tú no tienes ningún derecho. —Se me endureció la voz—. Dos años, Rodrigo. Dos años sin una llamada. Sin un peso. Sin acordarte de que Valentina existía. Y ahora, justo ahora, apareces preocupadísimo por tu hija. Qué casualidad.
—La gente cambia.
—La gente no cambia. La gente se entera de que hay dinero.
Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que lo delató entero.

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