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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 57

ZAYED

Algo le pasaba a Mariana.

Lo noté en el desayuno. Lo noté en cómo revolvía el café sin tomarlo, en cómo miraba el teléfono como si fuera a morderla, en la sonrisa de más que le puso a Valentina para que la niña no notara nada.

Había aprendido a leerla en estas semanas, y esta mañana el libro decía claramente que algo la tenía asustada.

No me lo iba a decir, por supuesto. Mariana no pedía ayuda. Prefería cargar un piano en la espalda antes que admitir que le pesaba.

Así que hice lo que hago cuando quiero respuestas: preguntar directamente.

—¡Esa, mamá! ¡La de arriba! ¡La más grande!

Valentina señalaba hacia la copa del naranjo, saltando de impaciencia, mientras su madre —descalza, con la falda amarrada a un lado— trepaba por las ramas como si tuviera cinco años en lugar de treinta y dos.

Me quedé en el sendero, mirando la escena sin que me vieran.

—Ya casi, mi amor. —Mariana se estiró hacia una naranja imposible, en la punta de una rama fina—. Un poquito más…

—Vas a caerte —dije.

Se sobresaltó. Y, por supuesto, se cayó.

Crucé el pasto en dos zancadas y la atrapé en el aire, contra mi pecho, la naranja rodando por el suelo. Quedó entre mis brazos, sin aliento, el cabello sobre la cara, los ojos muy abiertos mirándome desde muy cerca.

—Suéltame, Zayed.

—Aún no. —No me moví. Ella tampoco—. Te tengo.

Su respiración chocó con la mía. Bajé la mirada a su boca. Ella subió la barbilla, apenas, ese gesto que ya conocía, el que decía una cosa mientras su orgullo decía la contraria. No había cámaras. No había nadie. Solo el olor de los azahares y su corazón golpeando contra el mío. Me incliné…

—¿Qué hacen?

Los dos nos congelamos.

Valentina nos miraba desde abajo, con la cabeza ladeada y toda la curiosidad del mundo en la cara.

—¿Se iban a dar un beso? —preguntó, encantada—. ¡Como en las películas!

Mariana se separó de mí a la velocidad del rayo, roja hasta las orejas, y se agachó a recoger la naranja.

—Nada, mi amor. Mamá casi se cae y Zayed me ayudó. Toma, tu naranja. La más grande, como pediste.

Valentina la tomó, satisfecha, sin sospechar que acababa de interrumpir lo que su madre llevaba semanas evitando. Me miró la niña, entrecerró los ojos con picardía de cuatro años, y no dijo más.

Yo me aclaré la garganta.

—Mariana. —Me acomodé el saco—. Hoy tengo una cena. Fuera de casa. Quiero que me acompañes.

—¿Yo? ¿Para qué? ¿Hay cámaras?

—No. —La miré—. Solo quiero que vengas.

Y me fui antes de que encontrara una excusa.

****

Bajó las escaleras esa noche y me quedé sin palabras.

Llevaba un vestido oscuro, sencillo, que le sentaba como si lo hubieran cosido sobre ella. El cabello suelto. Poco maquillaje. Y aun así, no pude apartar la vista. No había paparazzi que impresionar esta noche, ninguna función que dar. Solo yo, mirándola bajar, con esa cosa en el pecho que ya había dejado de intentar negar.

—¿Y bien? —dijo, incómoda bajo mi mirada—. ¿Sirvo para tu cena?

—Sirves. —Le ofrecí el brazo—. Vamos.

Hassan nos llevó al restaurante en silencio, con esa discreción suya. Yo lo tenía todo planeado. Una mesa apartada, junto al ventanal, con vista al agua. Una noche tranquila. Sin contratos, sin familia, sin público. Solo ella y yo, para variar. Para intentar, por una vez, ser dos personas en lugar de dos partes de un acuerdo.

Duró exactamente hasta que llegamos a la mesa.

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