GABI
Llevaba cuarenta minutos escondida detrás de un menú en la mesa más alejada del restaurante, espiando la cita de mi proyecto.
Sí. Espiando. No me da pena.
Fue idea mía, para que quede claro. Le dije a Khalid: "Yo voy a estar en una mesa lejos, por si acaso. Moral support. Si te trabas, me miras y yo te hago una seña." Le enseñé hasta un código de manos. Tócate la oreja si necesitas tema de conversación. Toma agua si te pusiste nervioso. Ríete si Yasmín hace un chiste aunque no tenga gracia.
No usó ninguna. El muy traidor no me miró ni una vez.
Y ahí estaba yo, con una limonada calentándose y un plato de comida que no toqué, viéndolo desde lejos hacerlo… bien. Sorprendentemente bien. El Khalid del "clima estable" había desaparecido. Este se reía, gesticulaba, le sostenía la mirada a Yasmín, le servía el vino sin tirarlo. Todo lo que le enseñé. Mi alumno estrella.
Debería haber estado orgullosa. Reventando de orgullo profesional.
Entonces, ¿por qué cada vez que él se inclinaba hacia ella se me apretaba algo raro en el estómago?
*Son nervios*, me dije, masticando un hielo. *Nervios de maestra. Es normal. Es como ver a tu hijo en el examen final. Nada más.*
Eso era, mi alumno había aprendido tan rápido que me hacía sentir una maestra orgullosa.
La cena terminó. Yasmín se despidió con una sonrisa bonita, un roce de mejilla, y se fue. Y en cuanto la puerta se cerró tras ella, Khalid vino directo a mi mesa, radiante, y se dejó caer en la silla de enfrente.
—Fue un éxito. —Tenía los ojos brillantes—. Gabi, fue un éxito total. Hablamos dos horas. Se rio. Quedamos de vernos otra vez. Yo. Khalid. Con una segunda cita. —Me tomó las manos por encima de la mesa—. Y todo es gracias a ti. En serio. Gracias. No sé cómo pagártelo.
—Soy una genia, ya lo sabíamos. —Sonreí—. Pero acepto propina.
—Te invito a caminar. Es lo mínimo. —Se levantó—. El mar está aquí al lado. ¿Vamos? Estoy tan feliz que no puedo quedarme sentado.
Y como soy débil, dije que sí.
La playa a esa hora estaba casi vacía. La arena tibia, el agua negra lamiendo la orilla, la luna haciendo su trabajo de luna. Nos quitamos los zapatos y caminamos, él contándome cada detalle de la cita, yo escuchando con una sonrisa.
Y entonces, de la nada, se puso serio.
—Gabi. ¿Puedo confesarte algo? —Se detuvo, mirando el agua—. Tengo miedo.
—¿De qué? Te fue increíble.
—De… de la parte que viene. —Se pasó la mano por el pelo—. En algún momento voy a tener que besarla. Y la verdad es que no… —Bajó la voz, avergonzado—. No beso a una mujer desde hace años, Gabi. Años. Ni me acuerdo de cómo se hace. ¿Y si lo arruino? ¿Y si soy un desastre y ella sale corriendo?
Se me ablandó todo. Porque debajo del abogado transformado seguía estando ese hombre tierno y torpe que me caía tan bien.
—Ay, Khalid. —Me paré frente a él—. Un beso no se piensa. Ese es tu problema, que todo lo piensas como un contrato. El beso no se planea. Se deja pasar. Tiene que ser espontáneo. Cuando el momento llega, tú solo… te dejas llevar. No calculas. No analizas. Sientes y ya.

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