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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 59

MARIANA

La tormenta llegó al anochecer.

En Dubái casi nunca llueve, así que cuando lo hace, lo hace en serio. El cielo se abrió con truenos que sacudían los ventanales, relámpagos que blanqueaban la habitación, agua cayendo a cántaros sobre el desierto. Valentina, asustada, se fue temprano a su cuarto con Layla. Y yo me quedé en la habitación, viendo la tormenta desde la cama.

Entonces se fue la luz.

Todo el palacio quedó a oscuras de golpe. Ni lámparas, ni pantallas, solo los relámpagos iluminando a ráfagas.

La puerta se abrió. Zayed entró con una vela en la mano, la llama temblando.

—Se cayó la red eléctrica de media ciudad. —Cerró la puerta tras él—. Los generadores tardan. Vamos a estar así un rato. —Dejó la vela en la mesita—. ¿Estás bien?

—Estoy bien. —Me abracé las rodillas—. No me asustan las tormentas.

—A Valentina sí.

—Valentina tiene cuatro años. Yo tengo excusa para fingir que soy valiente.

Se sentó en el borde de la cama, a una distancia prudente. Afuera, un trueno. La vela nos dejaba a los dos en un charco de luz naranja, rodeados de oscuridad.

Y en esa oscuridad, encerrados, sin nada que hacer más que esperar, pasó algo que no pasaba nunca entre nosotros.

Empezamos a hablar de verdad.

No sé cómo llegamos ahí. De la tormenta pasamos a Valentina, de Valentina a la infancia, y de pronto le pregunté lo que llevaba semanas queriendo preguntarle.

—¿Por qué eres así, Zayed?

—¿Así cómo?

—Así. —Busqué las palabras—. De hielo. Cerrado. Como si sentir algo fuera una debilidad que no te puedes permitir. —Lo miré a la luz de la vela—. Hassan me dijo una vez que no siempre fuiste así.

Zayed se quedó callado un largo rato. Pensé que no iba a contestar, que se levantaría y se iría, como hacía siempre que algo se ponía real.

Pero no. Esta vez, en la oscuridad, habló.

—Mi madre. —Su voz salió distinta, más baja—. No siempre fui de hielo. De niño era… otro. Reía. Hacía travesuras con Layla. Mi madre se encargaba de eso. Ella era el calor de esta casa. Cantaba. Nos dejaba entrar a la cocina, ¿sabes? —Sonrió apenas, triste—. A ti te habría adorado.

Se me apretó el pecho.

—¿Qué pasó?

—Murió. Yo tenía quince años. —Miró la llama—. Y con ella se murió el calor de esta casa. Mi padre… mi padre no supo llorarla. En lugar de eso, la congeló. Congeló todo. Nos enseñó que sentir era peligroso, que el dolor se evitaba no queriendo a nadie demasiado. Que un hombre fuerte no se permite necesitar. —Apretó la mandíbula—. Y yo le creí. Durante veinticuatro años le creí. Aprendí a no sentir nada, porque lo único que había sentido de verdad me lo habían arrancado sin avisar. Era más fácil ser de hielo. El hielo no duele.

Me quedé sin palabras.

Porque de pronto, a la luz de esa vela, ya no vi al bloque de hielo, ni al jeque, ni al hombre que me obligó a un contrato. Vi a un niño de quince años que perdió a su madre y a quien le enseñaron que la manera de no volver a romperse era no volver a querer.

Lo vi humano. Por primera vez, completamente humano.

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