MARIANA
Leí el mensaje de Rodrigo por tercera vez
Nos veremos muy pronto, Mariana.
Rodrigo no podía venir a Dubai, no pudo conseguir el dinero suficiente para venir pero si las artimañas para venir a Dubai. ¿Cómo? No tenía idea.
—Sé lo de Rodrigo.
Zayed lo dijo desde la puerta de la habitación. Guardé el teléfono, me di la vuelta y vi.
—Vaya. Qué eficientes tus espías.
—No son espías. Es seguridad. —Entró y cerró la puerta—. Porque tú, con tu terquedad de siempre, no ibas a pedir ayuda ni aunque se te cayera el cielo encima.
—Que quede claro una cosa, Zayed: Rodrigo es mi problema. Mi exmarido, mi pasado, mi hija. Yo me metí en ese matrimonio; yo lo resuelvo. No necesito que nadie venga a rescatarme.
—No se trata de rescatarte.
—No soy una damisela en peligro. —Di un paso hacia él, sin miedo—. Yo puedo con esto, y no voy a permitir...
—¿Sabes qué es lo que no vas a permitir? —Su voz subió, esa furia contenida tan suya—. Que un hombre amenace a tu hija bajo mi propio techo y tú me lo escondas como si yo fuera un extraño. Días, Mariana. Días cargando esto sola, mirando el teléfono con miedo en cada comida, fingiendo sonrisas para que la niña no note nada. A tres metros de mí. Y no me dijiste ni una palabra.
—Porque no tenía por qué decírtela. —No retrocedí ni un centímetro—. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. Lo nuestro tiene fecha de caducidad. Está escrita en un contrato que redactaste tú. En unos meses, esto se acaba. Yo tomo a mi hija, me subo a un avión y vuelvo a mi vida. Sola. Como siempre. —Le sostuve la mirada—. Así que no, no voy a acostumbrarme a tu ayuda. No voy a acostumbrarme a que estés ahí cada vez que el mundo se me cae, porque no vas a estar. Y una mujer no puede darse el lujo de apoyarse en algo que sabe que le van a quitar. —Apreté los dientes—. Aprendí esa lección con Rodrigo. No la voy a repetir contigo.
Zayed se quedó callado un segundo. Y después caminó hacia mí, despacio, hasta quedar tan cerca que tuve que levantar la cara para seguir mirándolo. Pero no bajé la vista.
—Escúchame tú a mí ahora. —Su voz salió baja, dura, sin una sola grieta—. Puede que lo nuestro tenga fecha. Puede que en unos meses te subas a ese avión y no vuelvas a verme. Puede. Pero mientras ese tiempo no se cumpla, mientras lleves mi apellido y duermas bajo mi techo, tú eres mi esposa. —Bajó aún más la voz—. Y me perteneces. Tú y Valentina. Las dos.
—Yo no le pertenezco a nadie. —Se lo escupí sin pestañear—. No soy una propiedad, Zayed. No soy un naranjo de tu jardín ni una empresa de tu grupo. Soy una mujer. Y ningún papel me convierte en tuya.
—En eso te equivocas. —No se movió—. No hablo de papeles. El papel dice que eres mi esposa. Pero eso —señaló el aire entre los dos, el aire que todavía ardía por un beso que ninguno mencionaba— eso no lo escribió ningún abogado. Y tú lo sabes tan bien como yo.
Me quedé sin respiración. Pero no le di el gusto de notarlo.

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