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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 62

MARIANA

Lo primero que hice no fue mirar hacia la puerta. Fue proteger a mi hija.

—Hassan. —Lo agarré del brazo antes de bajar—. Valentina está con Layla en el jardín trasero. Que no se mueva de ahí. Que no vea a ese hombre, que no lo oiga, que ni sepa que está aquí. ¿Entendido? Pase lo que pase.

—Descuide, señora. —Hassan asintió—. Yo mismo me encargo.

Solo entonces, con mi hija a salvo, bajé a enfrentar a mi pasado.

Rodrigo estaba de pie en el recibidor, girando sobre sí mismo, admirando los techos altos, los mármoles, los candiles. Contando. Siempre contando. Dos años sin verlo y seguía siendo el mismo: guapo de una manera fácil, sonrisa de vendedor, ojos que calculaban el precio de todo lo que miraban.

Cuando me vio bajar, abrió los brazos como si fuéramos viejos amigos.

—¡Mari! —Esa voz melosa que alguna vez me engañó—. Mírate. Estás… espectacular. La vida de reina te sienta bien.

—No me digas Mari. —Bajé el último escalón y me planté frente a él, sin abrazo, sin sonrisa—. ¿Qué haces en mi casa, Rodrigo?

—¿Tu casa? —Levantó una ceja, divertido, mirando alrededor—. Vaya, vaya. Qué rápido te acomodaste. —Silbó—. Nada mal para una organizadora de fiestas de la colonia Roma. De verdad, felicidades. Cazaste bien.

—Te pregunté qué haces aquí.

—Vine a ver a mi hija. —Puso cara de padre herido, esa que ensayaba frente al espejo—. Soy su papá, Mariana. Tengo todo el derecho del mundo a—

—Tú no tienes ningún derecho.

Las palabras me salieron con un filo que lo hizo parpadear.

—Perdiste tus derechos hace dos años, Rodrigo. El día que te fuiste. Cuando Valentina tenía dos años y lloraba por su papá y tú ya andabas con otra en otra ciudad, sin dejar ni un número. Dos años sin una llamada. Sin un peso. Sin acordarte de que tenías una hija. —Di un paso hacia él—. Así que no te atrevas a pararte en esta casa a hablarme de derechos de padre. No tienes ninguno. Los tiraste tú solito a la basura.

Fue entonces cuando Zayed apareció detrás de mí.

No dijo nada. No hizo falta. Solo se colocó a mi lado, una presencia enorme, silenciosa, con las manos en los bolsillos y una calma que daba más miedo que cualquier grito. El bloque de hielo en su versión más letal.

A Rodrigo se le movió algo en la cara. Midió a Zayed de arriba abajo, el traje, el porte, el poder que despedía sin esfuerzo. Y por un segundo, solo un segundo, la sonrisa de vendedor le tembló.

Después se recompuso.

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