ZAYED
—Vine por mi hija, Mari. O por lo que valga renunciar a ella.
En mis cuarenta años he negociado con hombres despiadados. He visto ambición de todas las formas. Pero nunca, hasta ese momento, había escuchado a un hombre ofrecerse a vender a su propia hija con una sonrisa en la cara.
Quise romperlo. Con toda mi alma, quise cruzar el recibidor, tomarlo del cuello y estrellarlo contra el mármol carísimo de mi casa hasta que se le borrara esa sonrisa para siempre.
No lo hice.
Porque la furia es un lujo que los hombres como yo no nos podemos permitir. La furia se ve. La furia se usa en tu contra. Y este gusano estaba midiendo cada gesto mío, calculando cuánto me importaba Mariana, cuánto podía exprimir. Darle una reacción era darle munición.
Así que hice lo más difícil que he hecho en semanas.
Me quedé de hielo.
—Interesante oferta. —Mi voz salió tranquila, casi aburrida. Sentí a Mariana girarse hacia mí, sorprendida—. Muy interesante.
—¿Verdad que sí? —A Rodrigo se le iluminó la cara, oliendo el dinero—. Somos hombres de mundo, jeque. Podemos entendernos. Yo firmo lo que haya que firmar, renuncio a todo, y desaparezco. Tú te quedas con tu familia perfecta, sin escándalos, sin jueces. Todos contentos. Solo es cuestión de acordar… una cifra.
—Una cifra. —Asentí despacio, como si lo considerara—. Claro. —Metí las manos en los bolsillos—. Pero yo no firmo nada, ni pago nada, sin revisar primero con quién estoy tratando. Es una costumbre. En los negocios y en la vida. —Lo miré por primera vez a los ojos, y dejé que viera, apenas un segundo, lo que había debajo del hielo—. Así que vas a hacer lo siguiente. Vas a salir de mi casa. Vas a esperar a que yo te contacte. Y mientras tanto, no te vas a acercar a esa niña. Ni a un metro. Ni a la escuela, ni al parque, ni a la reja. A nada.
—Oye, tengo derecho a...
—No tienes ningún derecho aquí. —No levanté la voz. No hizo falta. Bajarla fue peor—. Estás en mi país, Rodrigo. En mi ciudad. En mi casa. Aquí, mi apellido abre y cierra puertas que tú ni sabes que existen. Un juez, dices. —Sonreí sin ganas—. Adelante. Busca un juez. En Dubái. A ver cuántos aceptan tu llamada. —Di un paso—. Yo que tú, tendría mucho cuidado con a quién amenazo en una tierra que no es la mía.
A Rodrigo se le fue el color. Miró a Mariana, buscando quizás la aliada de antaño, la que se dejaba manipular. No la encontró. Mi esposa lo miraba con la barbilla en alto y un desprecio de hielo tan perfecto que casi me sentí orgulloso.
—Ya oíste —dijo ella—. Lárgate de mi casa.
Rodrigo se recompuso. Volvió a ponerse la sonrisa, pero ahora le temblaba en los bordes.
—Está bien. Está bien. Como quieran. —Retrocedió hacia la puerta—. Espero tu llamada, jeque. Pero no me hagas esperar mucho, ¿eh? Porque la paciencia se me acaba. Y cuando se me acaba… hago llamadas. A periodistas. A abogados. A gente a la que le encantaría saber que el gran matrimonio Al Rashid, el de las fotos, el del amor de cuento, es en realidad un contratito con fecha de vencimiento. —Guiñó un ojo—. Sería una lástima. Tan bonita historia.
Y ahí, en esa amenaza, confirmé todo lo que necesitaba saber.
Rodrigo no sabía nada. Estaba tanteando. Diciendo "contrato" a ver si nos temblaba la voz. Pero alguien se lo había soplado. Alguien le había dado esa palabra exacta, "contrato", junto con el dinero para el boleto y los abogados que no podía pagar.
Alguien que sí sabía.
Hassan lo acompañó a la puerta. En cuanto se cerró, el aire del recibidor volvió a respirarse.
Me giré hacia Mariana.

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