OMAR
En la pantalla de mi teléfono, otra vez, la misma foto.
Mariana y Zayed entre los naranjos. Ella con la mano en su rostro, él besándola como si el mundo se acabara. La foto que circuló por medio planeta. La que todos vieron y celebraron. El amor de cuento del año.
Llevaba semanas mirándola. Ampliándola. Estudiándola. La curva de su cuello, la manera en que cerraba los ojos, la forma en que se entregaba a ese hombre que no la merecía.
Debió ser mía.
Esa era la única verdad que me importaba. Yo la vi primero, esa noche, en la boda que organizaba. Yo la deseé antes que él. Y ese estúpido bloque de hielo, ese Al Rashid arrogante que lo tuvo todo servido desde la cuna, me la arrebató con un contrato y una fortuna que yo no tenía.
Apagué la pantalla. Sonreí.
Pero yo tenía algo que Zayed no tenía: paciencia. Y una debilidad de él justo entre mis manos.
Rodrigo entró a mi despacho con la cabeza gacha, y supe, antes de que abriera la boca, que había fracasado.
—Siéntate —dije, sin mirarlo—. Cuéntame.
—Es… es complicado, Omar. —Se dejó caer en la silla, sudando—. El jeque no paga. No de inmediato. Dice que me va a contactar, pero me trae dando vueltas. Y la mujer… Mariana no es la de antes. Me enfrentó. Delante de él. Con una seguridad que yo nunca…
—Sé perfectamente cómo es Mariana. —Al fin lo miré—. Mejor que tú, diría yo. Continúa.
—Me sacaron. Prácticamente me echaron del hotel. —Se pasó la mano por la cara—. El jeque me amenazó. Con demandas, con sacarme del país. Ese hombre tiene un poder que… Omar, con todo respeto, no sé si podamos contra él.
Me levanté despacio. Rodeé el escritorio. Y me senté en el borde, justo frente a él, disfrutando el modo en que se encogía.
—Déjame recordarte algo, Rodrigo. —Mi voz salió suave, casi amable, que es como sueno cuando más peligroso soy—. Tú llegaste a mí quebrado. Ahogado en deudas. Con una vida hecha basura y una hija que abandonaste. Yo te pagué el boleto. Yo te pagué los abogados. Yo te di la información: los términos del contrato, dónde vive Mariana, a qué hora sale, con quién. —Ladeé la cabeza—. Yo te hice útil. Por primera vez en tu miserable vida, sirves para algo. Y ese algo tiene un solo requisito: que funciones.
—Estoy tratando, te juro que…
—No me sirve que trates. —Bajé la voz—. Me sirve que entregues.
Rodrigo tragó saliva.
—¿Y si no puedo sacarle el dinero?
—El dinero. —Me reí, bajito—. Rodrigo, Rodrigo. ¿De verdad crees que esto es por dinero? —Me incliné hacia él—. Yo tengo dinero. Más del que tú vas a ver en diez vidas. El dinero me da igual. Fíjatelo bien en la cabeza, porque de aquí depende que sigas siendo útil o que te devuelva al agujero del que te saqué.
Esperé a tener toda su atención.
—Lo que yo quiero no es el dinero de Zayed. —Cada palabra, medida—. Lo que yo quiero es a Zayed sin nada. Quiero verlo perder lo único que empezó a importarle. Quiero que ese matrimonio de cuento se pudra desde adentro. Que el escándalo del "contrato" salga a la luz. Que Mariana quede humillada, sola, sin él. —Sonreí—. Y cuando eso pase, cuando ella no tenga a dónde ir, cuando el gran jeque la haya devuelto como un paquete al terminar su añito… ahí voy a estar yo. Con los brazos abiertos. Para recoger lo que él no supo cuidar.

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