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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 66

MARIANA

Estaba en la cocina, amasando sin necesidad, solo porque amasar me calmaba y después del hotel con Rodrigo necesitaba calmarme, cuando Layla entró y se recargó en la mesa con una sonrisa.

—Extraño nuestra aventura del otro día —dijo, robándome un pellizco de masa—. La harina, el desastre, la cara de Halima a punto del infarto. ¿Cuándo repetimos?

—Pronto. —Le sonreí—. Te lo prometo. Otro día de romper reglas, tú y yo. Con Valentina de cómplice.

—Trato hecho. —Se quedó un momento callada, jugando con la masa entre los dedos. Y después, más seria, más suave, habló distinto—: Mariana. Sé lo que está pasando en esta casa. Sé lo del contrato. Lo del plazo. Lo de mi padre y sus planes. —Levantó la vista—. No soy tonta. Lo sé todo.

Se me apretó el pecho.

—Layla…

—Déjame terminar. —Me tomó la mano, la de la harina—. No te lo digo para reprocharte nada. Al contrario. Te lo digo para agradecerte.

—¿Agradecerme?

—Sí. —Sus ojos brillaron—. Porque estás devolviéndome a mi hermano. Al de antes. ¿Sabes cuánto hacía que no veía a Zayed así? —Negó con la cabeza—. Desde que murió nuestra madre, Mariana. Desde que él tenía quince años. Entonces se apagó. Se volvió de hielo, como quería mi padre. Y así se quedó, veinticuatro años. El hombre más solo del mundo dentro de la casa más llena.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Y ahora míralo. —Layla sonrió, y le tembló la voz—. Vuelve temprano del trabajo. Zayed, que vivía en esa oficina, que llegaba a medianoche, ahora vuelve con el sol todavía en el cielo para jugar con una niña de cuatro años a las escondidas. Le hace voces a los muñecos. Se ríe. Se ríe de verdad, Mariana, con los ojos y todo, no con esa media sonrisa de negocios. —Me apretó la mano—. Estás derritiendo al bloque de hielo. Le estás devolviendo el Zayed feliz de quince años que yo creía perdido para siempre. Y no sabes lo que eso significa para mí. Así que gracias. Gracias por eso.

No supe qué decir. Solo asentí, con los ojos ardiendo, y le apreté la mano de vuelta.

Subí a la habitación esa noche pensando en las palabras de Layla.

Llevaba días sin dormir ahí. Desde la tormenta, desde el beso, me había refugiado en el cuarto de Valentina, poniendo a mi hija de escudo, huyendo de esa habitación y de lo que pasaba dentro de ella.

Huyendo de él.

Pero esa noche, con la mano de Layla todavía tibia en mi memoria, con la imagen de Zayed riéndose con mi hija, con la voz de Gabi diciéndome "las protege porque le importan", decidí algo.

Dejé de tener miedo.

Abrí la puerta. Zayed estaba ahí, sentado en la cama, leyendo unos papeles. Levantó la vista, sorprendido de verme.

—¿Se te olvidó algo? —preguntó, midiendo el terreno, seguramente pensando que venía por alguna cosa de Valentina para volver a huir.

—No. —Cerré la puerta detrás de mí—. No se me olvidó nada. Vine a quedarme. Esta noche duermo aquí.

Algo cruzó por su cara. No dijo nada, pero bajó los papeles despacio.

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