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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 67

ZAYED

Amanecí de un humor que no me conocía.

Mariana había dormido a mi lado. No en la orilla, no huyendo. De frente a mí, con su mano cerca de la mía, respirando tranquila. Me desperté antes que ella solo para mirarla un rato, como un idiota, llegué a la oficina con algo peligrosamente parecido a la felicidad instalado en el pecho. Ese sentimiento de paz y alegría que solo mi mamá había logrado.

Duró hasta que Khalid entró sin tocar, blanco como el papel.

—Revisa las redes. —Puso su teléfono sobre mi escritorio—. Ahora.

Lo tomé. Y sentí cómo la felicidad de la mañana se me caía al suelo y se hacía pedazos.

Ahí estaba. En todas partes. Una foto de un documento. Un fragmento, borroso pero legible. Y en el encabezado, en letras enormes, la frase que lo destruía todo:

"EXCLUSIVA: El matrimonio del jeque Al Rashid es un CONTRATO. Duración pactada: UN AÑO."

Se me heló la sangre.

Alguien había filtrado parte del contrato. Parte del acuerdo que mi padre había exigido guardar en papel, físico, en sus manos, para que "nadie pudiera leerlo". El fragmento exacto donde se estipulaba el plazo. Un año de matrimonio. Negro sobre blanco, para que lo viera el mundo entero.

—Rodrigo —dije entre dientes.

Porque él lo había amenazado. "Hago llamadas a periodistas." Y detrás de Rodrigo, empujándolo, financiándolo, dándole las palabras exactas, estaba Omar. Su "amigo generoso". El escándalo que ordenó no era casualidad. Era su jugada.

La puerta se estrelló contra la pared.

Mi padre. Rojo de furia, con el bastón en la mano, avanzando hacia el escritorio como una tormenta.

—¡Tú! —El bastón se levantó, apuntando a Khalid—. ¡Irresponsable! ¡Te confié ese contrato! ¡Un solo documento! ¡Y no fuiste capaz ni de guardarlo! ¿Sabes lo que acabas de hacerle a esta familia? ¡Nos convertiste en el hazmerreír de todo Dubái!

—Padre, yo no filtré nada. —Khalid no se achicó, para su crédito—. Nadie tiene acceso a ese contrato. Nadie. El original está donde tú lo pusiste, bajo llave. Yo tengo una copia en una caja de seguridad a la que solo entro yo. Físicamente es imposible que se filtrara desde nosotros.

—¡Pues alguien lo hizo!

—Alguien que conocía los términos. —Me levanté, y mi voz cortó la discusión en seco—. No hace falta el documento, padre. Basta con saber lo que dice. Basta con que alguien, desde adentro o desde muy cerca, conociera el plazo exacto y se lo pasara a la prensa. —Los miré a los dos—. Y yo solo conozco a una persona con el interés, el dinero y la malicia para hacer justo esto.

Mi padre se quedó con el bastón a medio aire. Porque sabía que yo tenía razón. Pero la razón no le devolvía el honor, y para mi padre el honor era todo.

Una de las secretarias entró, temblando.

—Señores. —Apenas podía hablar—. La prensa está afuera. Decenas de reporteros. En la entrada del edificio. Están alteradísimos. Exigen una declaración del señor Zayed. No se van a ir.

—Perfecto. —Mansour dejó el bastón, recomponiéndose, volviendo a ser el estratega frío de siempre—. Escúchame bien, hijo. Vas a bajar. Vas a dar la cara. Y vas a convencer a cada uno de esos buitres, y con ellos a toda la ciudad, de que tu matrimonio con esa mujer es tan real como el sol. Que ese contrato es una falsificación, un invento de un enemigo despechado. Vas a salvar el honor de esta familia. —Me clavó los ojos—. ¿Quedó claro?

Lo miré.

Y por una vez, por primera vez en mucho tiempo, mi padre y yo queríamos exactamente lo mismo. Aunque por razones completamente distintas.

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