MARIANA
Después de días encerradas por el escándalo, con la prensa acampada afuera del palacio, necesitaba que Valentina respirara. Que fuera niña un rato. Así que la llevé a un parque privado, uno tranquilo, con dos de los hombres de Hassan a unos metros, vigilando. Zayed había insistido en la seguridad. Yo, por una vez, no discutí.
Valentina corría entre los árboles, persiguiendo palomas, riéndose con esa risa que me curaba cualquier cosa. Por unos minutos, viéndola jugar, casi olvidé el infierno de la última semana.
Casi.
—Vaya, vaya. Qué escena tan tierna.
Se me heló la sangre.
Rodrigo. Apareció de entre los árboles, del lado por donde no estaban los guardias, caminando rápido hacia nosotras. Desesperado. Con los ojos afiebrados de un hombre al que están apretando por todos lados.
—¡Rodrigo! —Me interpuse—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo—?
Pero no me miraba a mí. Miraba a Valentina.
Y antes de que yo pudiera reaccionar, se agachó, abrió los brazos, y le puso la sonrisa más falsa que le he visto en la vida.
—Hola, princesa. —Su voz de miel—. Mírate, qué grande estás. ¿Sabes quién soy? Soy tu papá. Tu papá de verdad. Ven, dame un abrazo.
Valentina se quedó congelada.
Miró a ese hombre desconocido que se le acercaba con los brazos abiertos, y en su carita no hubo reconocimiento. No hubo alegría. Hubo miedo. El miedo puro de un niño frente a un extraño que sabe demasiado de él.
Retrocedió un paso. Después otro. Y salió corriendo.
Hacia mí.
Se estrelló contra mis piernas y se aferró a mi falda con las dos manitas, escondiendo la cara, temblando.
—No lo conozco, mamá. —Su vocecita salió ahogada contra mi ropa—. No sé quién es. No quiero. —Levantó la cara, con los ojos llenos de lágrimas, y dijo lo que me partió el corazón y me lo llenó al mismo tiempo—: Yo quiero al señor de los naranjos. Quiero a Zayed. Él sí me cuida. Ese señor no lo conozco.
Vi cómo esas palabras le cayeron a Rodrigo en la cara como una bofetada.
Su propia hija. Sin reconocerlo. Prefiriendo a otro hombre. Rechazándolo delante de él.
Por un segundo, algo cruzó por sus ojos que casi, casi, pareció dolor de verdad. Pero se fue tan rápido como vino, y lo que quedó debajo fue rabia.
—Ni un paso más.
Me planté delante de mi hija, entre ella y él, y ya no fui la que fui. Fui otra cosa. Fui todo lo que una madre es cuando algo amenaza a su cría.
—La escuchaste. —Mi voz salió temblando de furia, no de miedo—. No te conoce. No te quiere. Porque tú no eres su papá, Rodrigo. Un papá es el que está. El que la cuida cuando arde en fiebre, el que le enseña a andar en bici, el que le seca las lágrimas. Tú solo eres el hombre que aportó la mitad y salió corriendo. —Di un paso hacia él, protegiendo a Valentina con mi cuerpo—. Así que aléjate de mi hija. Ahora mismo. O te juro que lo que te va a pasar no lo arregla ningún abogado.
—Es MI hija —escupió, perdiendo la máscara—. Y me va a conocer, quieras o no. Voy a—

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