ZAYED
No iba a volver a verla llorar. Y no iba a volver a ver a esa niña salir corriendo, aterrada, de un hombre que se hacía llamar su padre.
Esas dos imágenes me llenaban la cabeza mientras el auto avanzaba por la ciudad. Mariana en el suelo, hecha un ovillo contra la puerta, rota por dentro por culpa de un gusano. Y Valentina en el parque, temblando, aferrándose a las piernas de su madre, pidiéndome a mí, corriendo a mis brazos huyendo de él. No otra vez. Ninguna de las dos. Lo que fuera necesario, pero no otra vez.
—Señor. —Hassan me miró por el retrovisor—. ¿Está seguro de esto? Usted mismo lo dijo hace días. Que no le pagaría. Que pagarle era admitir que ese hombre tiene poder sobre usted.
—Lo dije. —Miré la ciudad pasar—. Y era verdad. Mi orgullo me decía que peleara, que lo destruyera en tribunales, que no le diera ni un dírham. —Apreté la mandíbula—. Pero mi orgullo no vale las lágrimas de Mariana. Nada las vale. Un juicio duraría meses. Meses de ella sin dormir, de la niña en los periódicos, de esa espada sobre sus cabezas. No se lo voy a hacer pasar. —Me volví hacia él—. Voy a comprar su paz, Hassan. Y de paso, voy a comprar algo mucho más valioso que su silencio.
—¿Está seguro, entonces?
—Nunca estuve más seguro de nada en mi vida.
Miré a Hassan con una pequeña sonrisa en su rostro, sabía que significaba esa sonrisa.
La habitación del hotel olía a codicia.
Rodrigo me esperaba sentado, con las piernas cruzadas, relajado. Y cuando entré, con Hassan detrás cargando el maletín, sonrió. Esa sonrisa asquerosa de quien cree que ya ganó.
—Jeque. —Se levantó, extendiendo los brazos—. Sabía que entrarías en razón. Los hombres inteligentes siempre llegan al mismo lugar: al dinero. Siéntate, hablemos de…
—No vengo a hablar. —Me quedé de pie—. Hassan. El maletín.
Hassan lo puso sobre la mesa. Rodrigo se relamió y estiró las manos hacia los cierres.
—Todavía no. —Mi voz lo congeló a medio movimiento—. Antes de que toques un solo billete, vas a escuchar mis condiciones. Y no se negocian. Se aceptan o me voy, y entonces sí conocerás lo que es tener al Grupo Al Rashid como enemigo.
Rodrigo bajó las manos, tragando saliva.
—Uno. —Levanté un dedo—. Vas a renunciar. Legalmente. Por escrito. A cualquier derecho, presente o futuro, sobre Valentina. Retiras la demanda hoy mismo. Firmas la renuncia total a la custodia. Esa niña deja de existir para ti para siempre. —Otro dedo—. Dos. Desapareces. De Dubái, de México, de sus vidas. No una llamada, no un mensaje, no una foto. Te esfumas como si nunca hubieras existido. Para siempre.
—¿Y si acepto? —Sus ojos volaron al maletín.
—Si aceptas, ese dinero es tuyo. Suficiente para empezar de nuevo lejos, muy lejos. —Lo miré con desprecio—. Es más de lo que mereces. Y muchísimo más de lo que vale un hombre que le pone precio a su propia hija.
—Acepto. —Lo dijo rápido, sin una pizca de vergüenza—. Claro que acepto. Trato hecho.
—Hassan.
Hassan abrió el maletín.
El dinero llenaba el interior en fajos perfectos, ordenados, más efectivo del que Rodrigo había visto junto en toda su miserable vida. Se le iluminó la cara. Se frotó las manos. Estiró los dedos como un niño frente a un pastel.
—Toca un solo billete antes de firmar —dije, sacando los papeles del saco de Hassan— y cierro el maletín y me voy. Primero la firma.

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