MARIANA
Pasaron semanas.
Y fueron, con mucho, las más felices y las más agotadoras de mi vida.
Porque de día éramos dos extraños con un contrato. Zayed me hablaba con esa cortesía fría delante del personal. Yo le contestaba con la distancia justa delante de Mansour. En la mesa, mirábamos cada uno nuestro plato. En los pasillos, nos cruzábamos con un saludo de vecinos. Frente al mundo, seguíamos siendo exactamente lo que su padre necesitaba creer: un negocio con fecha de caducidad.
Y de noche, cuando se cerraba la puerta de nuestra habitación, éramos otra cosa completamente distinta.
Aprendimos a robar momentos como quien roba fuego.
Un roce de dedos al pasarnos la sal en el desayuno, tan breve que nadie lo veía, tan cargado que a mí me duraba toda la mañana. Una mirada por encima de la cabeza de Mansour, de esas que dicen todo lo que la boca tiene prohibido. Zayed jalándome de la muñeca al pasar frente a una puerta entreabierta, besándome contra los libros con un hambre de semanas.
Nos besamos en el cuarto de las escobas. En el pasillo del ala este, que nadie usa. Detrás de los naranjos, donde las ramas nos tapaban. Una vez, en el estudio de Zayed, con la puerta sin llave y el corazón a mil, mientras Halima pasaba silbando por el corredor.
Yo, una mujer de treinta y dos años, madre, empresaria, escondiéndome de mi suegro para besar a mi propio marido. Era ridículo. Era humillante.
Y era, Dios me perdone, absolutamente delicioso.
Y luego estaban las noches.
Las noches en las que se cerraba la puerta y por fin no había que fingir nada. Donde el jeque de hielo desaparecía y quedaba solo él: el hombre que me buscaba en la oscuridad, que me susurraba mi nombre contra la piel, que se reía bajito conmigo tapándome la boca para que no nos oyeran. Nos amábamos en silencio, mordiéndonos las risas, aprendiéndonos de memoria, y después nos quedábamos horas hablando en la penumbra —de su madre, de mi padre, de Valentina, de tonterías— hasta que el sueño nos ganaba.
—Nunca había sido feliz —me confesó una de esas noches, con la voz espesa, dibujándome círculos en la espalda—. Ni una sola vez. Desde los quince años. Hasta que llegaste tú a arruinarme la vida.
—De nada —le contesté, y él se rio, y me besó, y volvimos a empezar.
Pero el precio de esa felicidad era el miedo.
Un miedo constante, agazapado, que no me dejaba nunca del todo.
Porque Mansour observaba. Ese hombre no perdía detalle. Y yo lo veía mirarnos en la cena, entrecerrando los ojos, buscando la grieta, midiendo cada palabra que cruzábamos, como un halcón esperando un movimiento en falso.
—Estuvo cerca.
—Estuvo cerquísimo. —Me temblaban las manos—. Zayed, ese hombre nos va a descubrir.
—No mientras yo pueda evitarlo. —Me apretó la mano, un segundo, y la soltó—. Aguanta un poco más. Estoy trabajando en algo.
No me explicó qué. Yo tampoco pregunté.
Estaba aprendiendo a confiar. Y era, sinceramente, lo más difícil que había hecho en la vida.

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