OMAR
Retiró la mano.
Han pasado tres días y no puedo dejar de pensar en eso. No en su cara, no en su voz, no en el vestido que llevaba. En su mano. En cómo la retiró de la mesa, un segundo antes de que yo la rozara, con esa naturalidad de quien aparta algo sucio.
A mí.
Yo, que he tenido a mis pies a mujeres que la mitad de esta ciudad envidia. Yo, que puedo comprar el edificio entero donde estaba ese café. Y esa mexicana, una organizadora de fiestas, una nadie que llegó de la nada, retiró la mano como si yo fuera un mendigo tocándole el abrigo.
Rompí el vaso que tenía en la mano. La sirvienta entró corriendo al oír el estruendo y salió más rápido todavía al verme la cara.
Lo peor no fue el desprecio.
Lo peor fue lo que vi en ella.
Estaba luminosa. Distinta. Con esa cosa que tienen las mujeres que están siendo amadas y lo saben, una especie de calor que se les nota en la piel, en la manera de moverse, en cómo se les curva la boca cuando piensan en alguien que no está delante.
Y esa mujer no estaba pensando en mí.
*"Mi hija me hace feliz"*, me dijo. Mentira. Yo conozco esa luz. Esa luz no la enciende una hija.
Lo que significa que fallé.
Todo lo que armé fue para romper ese matrimonio de utilería. El exmarido. La demanda. El escándalo. Cada golpe estaba diseñado para meter una cuña entre ellos, para humillarla, para que ese jeque de mármol la soltara como suelta todo lo que le estorba.
Aunque, para ser justo conmigo mismo, no todos los golpes fueron míos.
El contrato, por ejemplo.
Yo no filtré ese contrato a la prensa.
Lo he pensado mucho estos días, dándole vueltas, y sigo sin entenderlo. Sí, le di a Rodrigo los términos: le dije que era un matrimonio pactado, le di la palabra "contrato" para que la usara de amenaza. Pero el documento, la foto de esa página, el fragmento exacto con el plazo escrito y firmado… eso no salió de mí. Yo nunca lo tuve. Nunca pude tenerlo.
Ese papel estaba bajo llave, en la casa de los Al Rashid. Y salió de ahí.
Lo cual significa una sola cosa, y es una cosa deliciosa: hay alguien más.
No sé quién es. No tengo ni idea. Pero sé algo con absoluta certeza, y es lo único que me importa: ese alguien también quiere destruir ese matrimonio.
Y un enemigo de mi enemigo, aunque no sepa su nombre, siempre es una buena noticia.
Aunque de nada sirvió. Porque en lugar de romperlos, todo esto los unió.
Yo le construí a Zayed Al Rashid la única cosa que ese hombre no había tenido nunca: una mujer que lo ama.
Debería reírme. Es casi gracioso.
—¿Vas a romper toda la cristalería o solo esa?
Nadia. En la puerta del salón, mirando los vidrios en el suelo con los brazos cruzados.
—Sal de aquí.
—No. —Y no salió. Eso es nuevo—. Ya no, Omar. —Entró, pisando los cristales con sus tacones—. Llevo semanas armando el rompecabezas y ya lo tengo casi completo. El dinero que salió de nuestras cuentas y no aparece en ningún negocio. El mexicano ese que vino a verte, el que apestaba a desesperación. Los recortes de prensa que guardas en tu escritorio, todos con la misma cara. —Se detuvo frente a mí—. Todos con la cara de ella.

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