KHALID
—No puedo, mi amor. Lo siento mucho.
Yasmín me miró con esos ojos suyos, tan dulces, tan tranquilos, mientras recogía sus cosas de mi oficina.
—Es mi madre. Está muy enferma otra vez y esta noche no puedo dejarla sola. —Me acomodó el cuello de la camisa—. Ve tú a tu cena de abogados. Y me cuentas todo mañana, ¿sí?
—Claro que sí. No te preocupes por nada. —Le tomé las manos—. Tu madre es lo primero. Ve con ella.
Se puso de puntillas, le di un beso de despedida, y se fue.
Y yo me quedé mirando la invitación sobre mi escritorio. La cena anual del Colegio de Abogados.
Ir solo a eso era una tortura.
Saqué el teléfono sin pensarlo mucho.
Khalid: Gabi, emergencia. Cena aburridísima de abogados. Yasmín no puede. ¿Me acompañas antes de que muera de aburrimiento?
Gabi: ¿Cuánto pagas?
Khalid: Comida gratis y mi eterna gratitud.
Gabi: Vendida. Pasa por mí a las 8.
Y me descubrí sonriendo al teléfono como un tonto.
*****
Cuando bajó las escaleras esa noche, se me olvidó lo que iba a decir.
Gabi llevaba un vestido verde, el cabello suelto.Y yo, que llevaba semanas viéndola todos los días con jeans y una carpeta bajo el brazo, me quedé ahí, parado, mirándola bajar, con una sensación rara en el pecho.
Estaba… hermosa.
No es que antes no lo estuviera. Es que esa noche lo noté. Y eso me incomodó muchísimo.
—¿Qué? —Se detuvo—. ¿Tengo algo en la cara?
—No. Nada. —Carraspeé, apartando la mirada—. Vámonos, que llegamos tarde.
—Te lo advierto —le dije en el auto—. Esto va a ser lo más aburrido de tu vida. Discursos de una hora. Un premio a la trayectoria.
—Khalid. —Gabi se acomodó en el asiento, con una sonrisa peligrosa—. Yo hago fiestas para vivir. Nunca, en mi vida, me he aburrido en un salón lleno de gente. Confía en la maestra.
Y tuvo razón.
Fue, sin exagerar, la mejor cena de abogados a la que he ido en mi vida.
Gabi se pasó la noche entera susurrándome cosas al oído. Le puso apodos a todos: al presidente del colegio le decía "el pingüino triste"; a la esposa del juez, "la señora de los diamantes tristes"; a Farouk, cuando por fin nos alcanzó, "el mata-conversaciones". Adivinaba de qué hablaba cada mesa por los gestos. Apostaba conmigo cuántas veces iba a decir "en mi humilde opinión" el orador (dijo siete; fueron nueve; gané yo).
Y yo me reí. Toda la noche. Con esa risa que no se controla, la que hay que tapar con la servilleta, la que hace que la gente de las otras mesas te mire mal.
Yo, en una cena del Colegio de Abogados.
Y me di cuenta de algo, en medio de esa risa: que con Gabi no tenía que ser nadie. No tenía que ser el hermano correcto. No tenía que ser el abogado impecable, medido, prudente, que jamás dice una palabra fuera de lugar. Con ella era… yo. El de verdad. El que dice tonterías. El que se ríe con la boca abierta.
Con Yasmín, en cambio, siempre me sorprendo cuidando la postura. Eligiendo mejor las palabras. Siendo el hombre que ella admira.
Es distinto, pensé. Nada más eso. Es distinto.
—Vámonos. —Gabi me tocó el brazo pasada la medianoche—. Están todos aburridísimos, incluidos los que hablan. Nos vamos antes de que esto nos succione el alma.
—Estoy de acuerdo, letrada.
Y cuando salíamos, la vi levantar una botella de vino de la mesa del fondo.
—¡Gabi!
—Es una compensación. —La escondió bajo el abrigo, muy digna—. Por daños morales. Y tú eres mi abogado, así que defiéndeme.
Me reí tanto que tuve que apoyarme en la puerta del auto.
Fue en el camino de vuelta cuando se lo conté.
—Gabi. Te quiero decir algo. —Miraba la carretera, con las manos en el volante—. Voy a pedirle matrimonio a Yasmín.

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