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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 83

MARIANA

—Cuatro meses, Mariana. Van cuatro meses. —La voz de mi mamá salía del teléfono con ese tono que me hacía sentir de nuevo como una niña—. Y con este que empieza, ya casi cinco. Cinco meses, hija. Yo ya no sé qué decirle a la gente que me pregunta por ustedes.

—Ma…

—Las extraño. —Y ahí se le quebró un poquito—. Extraño a mi nieta. Extraño a mi hija. Esta casa está vacía, mija. Yo entiendo lo del trabajo, pero cinco meses no es un trabajo. Cinco meses es una vida. ¿Cuándo van a volver?

Me quedé con el teléfono en la mano y un nudo en la garganta.

Porque no tenía respuesta. Porque hacía cinco meses que le mentía a la mujer que me parió. Porque cada llamada era un ladrillo más en una pared de mentiras que yo misma estaba levantando, y ya no sabía cómo demolerla sin que se me cayera encima.

Contarle la verdad. Contarle que me casé por un contrato. Que vivo en un palacio. Que la ciudad entera vio mi cara en las portadas. Que me enamoré del hombre que me compró un año de vida.

—Pronto, ma —dije, como siempre—. Te lo prometo.

Y me odié un poquito más.

—¡ABUELA!

Valentina se lanzó sobre mi regazo y le arrebató el teléfono de un manotazo, pegando su carita a la pantalla.

—¡Mi amor! ¡Mi vida! —Mi mamá se transformó de golpe—. ¡Qué grande estás! ¡Déjame verte bien!

—¡Abuela, tengo muchas cosas que contarte! —Valentina hablaba a mil por hora—. ¡Aquí hay naranjos! ¡Y mariposas moradas! ¡Y el señor de los naranjos me subió a sus hombros para agarrar la naranja más alta!

Se me heló la sonrisa.

—¿El señor de los naranjos? —Mi mamá arrugó la frente en la pantalla—. ¿Y ese quién es, mi vida?

—Es Zayed. —Valentina lo dijo con toda la naturalidad del mundo—. Es bueno, abuela. Es muy bueno con mamá y conmigo. Nos cuida. Y hace voces de pato. Y cuando el señor feo vino, él lo corrió. —Se acercó más a la pantalla, bajando la voz como quien cuenta un secreto importantísimo—. Y a mamá la hace reír.

Le quité el teléfono con toda la suavidad que pude.

—Ya, mi amor, ve a jugar tantito. Deja que mamá hable con la abuela.

Valentina se bajó de mi regazo y salió corriendo.

Y yo me quedé sola frente a la pantalla, con los ojos de mi madre clavados en los míos.

—Mariana. —Su tono cambió—. ¿Quién es ese hombre?

—Es… —Tragué—. Es el dueño de la casa donde nos hospedamos. El cliente. Ha sido muy amable con nosotras, ma. Nada más.

—Ajá. —Entrecerró los ojos—. ¿Y por qué te pusiste roja?

—No me puse roja.

—Mariana Ríos, yo te parí. —Se acomodó los lentes—. Dime la verdad. ¿Tienes un pretendiente por allá?

Y yo, que soy una mentirosa profesional a estas alturas, hice lo único que no debí hacer.

Sonreí.

Sonreí sin querer, como una tonta, con solo pensar en él. Y esa sonrisa dijo más de lo que yo he dicho en cinco meses de llamadas.

—Ay, hija. —Mi mamá se llevó la mano al pecho, y en su cara pelearon la alegría y el miedo—. Ya. Ya entendí. —Suspiró—. Y me da gusto. De verdad. Después de todo lo que pasaste con Rodrigo, mereces que alguien te haga sonreír así. —Pero se le apagó la voz—. Pero escúchame bien, Mariana. Estás muy lejos. En un país que no es el tuyo, con costumbres que no son las tuyas, entre gente que no es la tuya. Y enamorarse en un lugar así… es peligroso, mija. Muy peligroso. Porque cuando las cosas se ponen feas, y siempre se ponen feas, tú allá no tienes a nadie.

—Estoy bien, ma. —Forcé una sonrisa—. Te lo juro. Estoy bien y estoy segura. Nadie me va a hacer daño.

—Cuídate, hija. Cuida a mi nieta.

—Siempre.

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