ZAYED
Estaba cerrando un trato por teléfono, discutiendo cifras con un consejo en Londres, cuando Khalid entró a mi oficina sin tocar.
Y supe, por su cara, que algo se había roto.
—Cuelga —dijo. No lo pidió. Lo ordenó, y Khalid nunca me ordena nada—. Zayed, cuelga el teléfono. Ahora.
—Los llamo luego. —Colgué sin esperar respuesta—. ¿Qué pasa?
—Dispararon a Hassan. —Su voz temblaba—. En un parque. Le dispararon. Está herido, lo llevan al hospital central en este momento.
El mundo se detuvo un segundo.
—Y Zayed. —Khalid tragó—. Mariana y Valentina estaban con él. Iban en el auto de Hassan. El atentado fue mientras ellas—
No escuché el resto.
Ya estaba de pie. Ya tenía las llaves en la mano. Ya iba hacia la puerta con el corazón convertido en un puño y una sola palabra golpeándome el cráneo, una y otra vez.
*Mariana. Valentina. Mariana. Valentina.*
—Yo manejo. —Khalid me quitó las llaves al vuelo—. Tú no estás para manejar. Vamos.
Cruzamos Dubái a una velocidad que en otro momento me habría preocupado. No dije una palabra en todo el camino. No podía. Tenía la garganta cerrada y la cabeza llena del peor cine del mundo, imaginando cosas que no me atrevía ni a nombrar.
Si algo les pasó. Si una de esas balas.
No terminé el pensamiento. No pude.
Entramos al hospital casi corriendo. Y en la sala de espera, de pie, con la ropa manchada de sangre que no era suya, temblando pero entera, estaba Mariana.
Viva.
La abracé antes de decir una palabra. La estrellé contra mi pecho con una fuerza que a lo mejor le dolió, hundí la cara en su pelo, y por un segundo solo respiré. Respiré el hecho de que estaba viva, de que estaba entre mis brazos, de que su corazón latía contra el mío.
—Estás bien —murmuré, más para mí que para ella—. Estás bien. Estás bien.
—Zayed. —Se aferró a mi camisa.
—¿Y Valentina? —Me separé de golpe, buscándole los ojos, con el terror volviéndome a subir—. ¿Dónde está Valentina? ¿Está—?
—Está bien. —Me tomó la cara para calmarme—. Está bien, Zayed, te lo juro. No le pasó nada. Gabi llegó y se la llevó a otra sala, con una psicóloga del hospital. Está asustada, pero está entera. Ni un rasguño. —Se le quebró la voz—. La tapé, Zayed. En cuanto empezó todo, la tapé con mi cuerpo, no dejé que viera nada. No dejé que viera a Hassan en el suelo. No quería que viera la sangre.
Y ahí, esa mujer que había protegido a su hija con su propio cuerpo en medio de un tiroteo, empezó a temblar de verdad.
—Fue todo tan rápido. —Las palabras le salían a tropezones—. Estábamos subiendo al auto, y Hassan vio el arma antes que yo, y se lanzó sobre nosotras, nos cubrió, y sonaron los disparos, y cuando me di cuenta él estaba en el suelo y había sangre y yo no sabía qué hacer, Zayed, no sabía—
—Ya. —La volví a abrazar, apretándola contra mí, sintiéndola temblar—. Ya pasó. Ya estás a salvo. Las dos están a salvo. Hiciste todo bien. Protegiste a tu hija. Estás aquí. Respira conmigo. Respira.

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