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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 85

Zayed

Hassan estaba en la cama, pálido, conectado a cables, con el hombro vendado y el brazo en cabestrillo. Dormido por la anestesia. Más pequeño de lo que ese hombre enorme había sido nunca.

Acerqué una silla y me senté a su lado.

Y algo se me rompió por dentro.

Porque la gente creía que Hassan era mi chofer. Mi jefe de seguridad. Un empleado leal.

No sabían nada.

Hassan me enseñó a ser hombre cuando el hombre que debía hacerlo se convirtió en hielo. Hassan me escuchó, me aconsejó, me regañó, me acompañó cada día durante veinticuatro años.

Y hoy había recibido una bala por mi esposa y mi hija.

—Aquí estoy, viejo. —Le apreté la mano, con la voz rota, hablándole aunque no me oyera—. No me voy a ningún lado. Vas a ponerte bien. Y cuando lo hagas, te juro por lo que quieras que voy a encontrar al que hizo esto. —Se me llenaron los ojos—. Descansa. Yo te cuido esta noche. Como tú me cuidaste a mí toda la vida.

Y me quedé ahí, junto a la cama, sosteniéndole la mano al hombre que me crió.

Velando su sueño.

Como vela un hijo al padre.

******

Hassan abrió los ojos con las primeras luces de la mañana.

Yo llevaba toda la noche en esa silla, sin dormir, sosteniéndole la mano. Y cuando lo vi parpadear, confundido, buscando dónde estaba, me incliné hacia él con el corazón en la garganta.

—Aquí estoy, viejo. Estás en el hospital. Estás bien.

Hassan movió los labios, secos. Tardó en enfocar. Y lo primero que hizo, antes de preguntar por él, antes de quejarse del dolor, antes que nada, fue agarrarme el brazo con la poca fuerza que tenía y decir:

—La niña. —Su voz salió ronca, urgente—. Valentina. Y la señora. ¿Están…?

—Están bien. —Se me llenaron los ojos—. Las dos. Ni un rasguño, Hassan. Están en casa, a salvo, bajo llave. Gracias a ti. —Le apreté la mano—. Te lanzaste sobre ellas. Recibiste una bala por mi esposa y por mi hija. Si no hubiera sido por ti…

—Es mi trabajo. —Intentó encogerse de hombros y hizo una mueca de dolor.

—No. —Negué con la cabeza—. Eso no fue trabajo. Eso fue amor. Y no lo voy a olvidar mientras viva. Gracias, Hassan. Gracias por protegerlas.

Hassan me miró un largo rato, con esos ojos cansados que me conocen desde niño.

—Estás enamorado.

No fue una pregunta.

—Te lo dije, ¿recuerdas? —Su sonrisa se ensanchó, débil pero pícara—. El día de la boda. Te dije que esa mujer tenía algo. Que no la dejaras ir. Y mírate ahora. —Tosió, apenas—. Pasaste la noche en una silla de hospital velándome a mí, cuando podrías haber mandado a diez enfermeras. Y tienes esa cara. La cara de un hombre que casi pierde lo que ama. —Ladeó la cabeza en la almohada—. La amas, ¿verdad? A Mariana. De verdad.

Podría haberlo negado. Con cualquier otro lo habría negado. Con mi padre, con Khalid, con el mundo entero.

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