GABI
Salí de la habitación de Mariana cerrando la puerta con cuidado.
Me había costado horas dormirlas a las dos. A Valentina primero, con cuento y canción y la promesa de que el señor feo del auto nunca iba a volver. A Mariana después, mucho después, cuando por fin el cansancio le ganó a los nervios. Mi amiga había pasado la tarde temblando cada vez que sonaba un ruido, reviviéndolo, preguntando por Hassan cada diez minutos. Verla así, a mi Mariana, la mujer más fuerte que conozco, hecha un manojo de nervios en la cama abrazada a su hija… me partió el alma.
Bajé las escaleras agotada. Y en el pasillo me topé con Khalid.
—¿Cómo está Hassan? —le pregunté de inmediato—. ¿Sabes algo?
—Está bien. —Soltó el aire—. Salió de cirugía. La bala no tocó nada grave. Va a necesitar semanas de recuperación, pero se salva. Zayed está con él en el hospital.
—Gracias a Dios. —Me apoyé en la pared, aliviada—. Qué día, Khalid. Qué día horrible.
—Sí. —Pero había algo raro en su cara. Una preocupación que no era solo por Hassan—. Gabi. ¿Podemos hablar un momento? A solas. Es… importante.
Me llevó a mi habitación y cerró la puerta.
—¿Qué pasa? —Me crucé de brazos—. Traes una cara de funeral que no es solo por el disparo.
—Es que… —Se pasó la mano por el pelo, dudando—. Creo que mi hermano se enamoró de Mariana. De verdad. Lo vi en el hospital, la manera en que la abrazó, cómo se puso cuando pensó que le había pasado algo. Zayed nunca ha sido así con nadie. Nunca. —Me miró, angustiado—. Está enamorado de tu amiga, Gabi. Perdidamente.
—Ay, Khalid. —Sonreí, a pesar del cansancio—. Esa es la mejor noticia del día. Porque déjame decirte un secreto: Mariana también está enamoradísima de él. Perdida, igual que él. —Levanté las manos—. ¡Es mutuo! ¿No lo ves? ¡Es maravilloso! El bloque de hielo y mi terca amiga, enamorados de verdad. ¡Es un final feliz esperando a pasar!
—No. —Khalid negó con la cabeza, y la angustia no se le fue—. No es maravilloso. Es un problema enorme. Porque está el contrato. Y sobre todo… está la cláusula.
—¿Qué cláusula?
Khalid se quedó helado. Como quien acaba de darse cuenta, un segundo tarde, de que dijo algo que no debía.
—Nada. —Se enderezó—. Olvida eso. No dije nada.
Ah, no. Eso sí que no.
—Khalid. —Entrecerré los ojos y di un paso hacia él—. ¿Cuál cláusula? Dijiste "la cláusula". Con artículo. "LA" cláusula. Eso es una cláusula específica, importante, secreta. Habla.
—No puedo. —Retrocedió—. Gabi, en serio, no puedo hablar de eso. Es información confidencial. Va contra mi código de ética profesional. Un abogado no revela los términos de un...
—Al diablo tu código. —Avancé—. Estamos hablando de mi mejor amiga. Si hay una cláusula secreta en ese contrato que la puede lastimar, tengo derecho a saberla. ¡Habla!
—No. —Se pegó a la pared—. Lo siento. No puedo. No voy a faltar a mi...
No lo dejé terminar. Lo empujé contra la pared, plantándole las dos manos en el pecho.
—Khalid Al Rashid. Me vas a decir qué dice esa cláusula. Ahora.
—¡No! —Y el muy cobarde, o el muy listo, hizo un quiebre y trató de escaparse hacia la puerta.
Error.
Yo tengo tres hermanos menores. Yo crecí peleando por el control remoto. Yo sé cazar.
Lo alcancé en dos pasos, lo agarré del brazo, le hice una llave que le habría dado envidia a un luchador, y lo lancé de espaldas sobre mi cama. Antes de que se pudiera levantar, me subí encima de él, una rodilla a cada lado, sujetándole las muñecas contra el colchón.

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