MARIANA
Llevábamos toda la mañana esperándolo en el salón.
Valentina no se despegaba de la ventana, vigilando la entrada, preguntando cada dos minutos "¿ya viene?, ¿ya viene el tío Hassan?". Layla daba vueltas, acomodando cojines que no necesitaban acomodo, nerviosa. Y yo tenía en la cocina, tapadito con un trapo, un pastel que había hecho con Valentina —torcido, cubierto de más chispas de las necesarias, con un "BIENVENIDO" escrito por una mano de cuatro años—, porque necesitaba hacer algo con las manos mientras el corazón se me apretaba de gratitud y de culpa.
Culpa. Porque ese hombre estaba herido por nosotras.
Cuando por fin se abrió la puerta y entró Hassan, con el brazo en cabestrillo y una venda asomándole por el cuello de la camisa.
—¡TÍO HASSAN!
Valentina salió disparada. Alcancé a gritar "¡despacio, mi amor, el brazo!", pero Hassan ya se había agachado con una mueca de dolor que disimuló al instante, y la recibió con el brazo bueno, abrazándola contra su pecho.
—Aquí está mi guardiana. —Le besó la coronilla—. ¿Me cuidaste la casa mientras no estaba?
—¡Sí! ¡Y te hicimos pastel! ¡Está feo pero rico!
Hassan se rió, y la risa se le atragantó un poco en el pecho vendado.
—Bienvenido a casa, Hassan. —Me acerqué y le apreté la mano buena con las dos mías. No me salían las palabras. Todas se me quedaban chicas—. Bienvenido.
—Señora. —Inclinó la cabeza—. Está usted bien. Y la niña. Eso es todo lo que me importa.
—Ay, Hassan. —Layla lo abrazó con muchísimo cuidado, como si fuera de cristal, y cuando se separó tenía los ojos rojos—. Me tenías con el alma en un hilo. No se te ocurra volver a asustarme así. —Le pasó el brazo bueno por encima de los hombros—. Ven. Vamos despacio. Te llevo a tu habitación, que necesitas descansar y no andar de pie recibiendo abrazos.
Layla lo llevó despacito por el pasillo, sosteniéndolo, y yo los seguí con Valentina de la mano.
Cuando Hassan quedó por fin instalado en su cama, con las almohadas acomodadas y Layla revoloteando a su alrededor para que estuviera cómodo, le pedí a Valentina que fuera a traer el pastel con Halima.
—Hassan. —Me senté en la silla junto a él, y esta vez sí me salieron las palabras, aunque me temblaran—. Me salvaste la vida. Y salvaste la de mi hija. Te lanzaste sobre nosotras sin pensarlo. Recibiste una bala que iba para nosotras. —Le tomé la mano—. No hay manera de pagar eso. Ninguna. Pero quiero que sepas que, mientras te recuperas, yo me voy a encargar de ti. De tus comidas, de tus curaciones, de lo que necesites. Voy a cuidarte igual que tú nos cuidaste a nosotras.
—Señora, eso no es correcto. —Hassan frunció el ceño, incómodo—. Usted es la señora de la casa. Yo soy el chofer. No puede andar atendiendo a—
—Hassan.
—Es que no está bien visto que usted—
—Hassan. —Le apreté la mano y lo miré fijo, con una sonrisa que no admitía réplica—. No te estoy pidiendo permiso. Te estoy avisando. Así que ahórrate el discurso, porque en esto no vas a ganar. Nunca discutas con una mexicana agradecida. Perdemos la cabeza, pero no la discusión.
—Como usted diga, señora. —Suspiró—. Ahora entiendo por qué el señor Zayed anda como anda.

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