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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 88

ZAYED

—No lo leas —dijo Khalid desde el otro lado del escritorio—. En serio, Zayed. No te va a servir de nada leerlo. Solo te va a subir la presión.

Lo leí de todas formas.

Era imposible no hacerlo. Estaba en todas partes. Alguien había grabado el ataque con un teléfono —desde lejos, temblando, pero se veía todo— y el video llevaba millones de reproducciones desde la madrugada. Se veía el parque. Se veía el auto oscuro. Se veía a Hassan lanzándose sobre Mariana y Valentina. Se oían los disparos.

Y debajo, en cada revista, en cada noticiero, en cada cuenta de chismes, la misma insinuación repetida hasta el asco.

*"La esposa mexicana del jeque, otra vez en el centro del escándalo."*

*"¿Qué clase de enemigos trajo esta mujer a Dubái?"*

*"Fuentes cercanas apuntan a ajustes de cuentas del pasado de la señora Al Rashid en México."*

*"Primero un contrato secreto, luego una demanda, ahora balas. ¿Hasta cuándo va a poner esta mujer en peligro a una de las familias más respetadas del emirato?"*

Cerré el teléfono antes de estrellarlo contra la pared.

—Están hablando de ella como si fuera una criminal. —La voz me salió baja, peligrosa—. Como si la culpa fuera suya. Le disparan a ella, casi matan a mi hija, hieren a Hassan… y estos buitres se atreven a insinuar que se lo buscó. Que ella trajo el peligro. —Golpeé el escritorio con la palma—. No lo voy a permitir, Khalid.

—Zayed—

—Quiero dos cosas. —Me levanté—. Uno: quiero a los responsables del ataque. Ya. Sin descanso. El auto, las placas, el que apretó el gatillo, el que lo pagó. Todo. Mueve a quien haya que mover, gasta lo que haya que gastar, pero encuéntralos. Dos: quiero saber quién está detrás de la divulgación de esos videos y esas historias. Alguien está alimentando a la prensa con esta narrativa. Alguien quiere que el mundo crea que el peligro es ella. —Me volví hacia él—. Y no voy a permitir que nadie, nadie, hable así de la esposa del jeque. De mi esposa.

Khalid me miró un largo rato desde su silla.

—Zayed. ¿Puedo preguntarte algo? Como hermano, no como abogado. —Tragó—. En el hospital, cuando pensaste que le había pasado algo a Mariana… nunca te he visto así. Ni cuando murió mamá te vi perder el control de esa manera. —Dudó—. Estás enamorado de ella. ¿Verdad? De verdad.

No aparté la mirada.

—Sí. —Ya lo había dicho en voz alta una vez, con Hassan, y descubrí que la segunda vez pesaba menos—. Estoy enamorado de Mariana, Khalid. Completamente. Ella y la niña son… son lo único real que tengo en esta vida.

Khalid soltó el aire, entre aliviado y preocupado.

—Lo suponía. —Se pasó la mano por el pelo—. Ya que estamos confesando cosas… necesito tu consejo. De hermano mayor. —Se removió en la silla—. Es sobre Yasmín. Estoy pensando en pedirle matrimonio. En unos meses. Lo tengo casi decidido.

—¿La amas?

La pregunta lo agarró desprevenido. Y ahí lo vi. La duda. Ese medio segundo de silencio antes de contestar, ese titubeo que a un hombre enamorado no le pasa nunca.

—Sí. —Dijo al fin—. Claro que sí. Creo… creo que sí. Es una buena mujer. Tranquila. Me admira. Sería una buena esposa. Encajamos. —Asintió, como convenciéndose a sí mismo—. Sí. La amo.

—Khalid. —Me senté en el borde del escritorio, frente a él—. Escúchame. "Creo que sí" no es una respuesta. Cuando amas a una mujer de verdad, no lo crees. Lo sabes. Te quema. No puedes dormir. Te vuelve estúpido. —Pensé en Mariana, en la suite, en el miedo del hospital—. Yo pasé muchos años sin sentirlo, convencido de que no existía, y cuando llegó, no tuve ninguna duda. Ni una. —Lo miré fijo—. Antes de ponerle un anillo a esa mujer, asegúrate de que la amas. De verdad. Con todo. Porque casarte con la persona equivocada por comodidad es la manera más lenta de arruinarte la vida. Créeme que sé de contratos matrimoniales sin amor.

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