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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 90

MARIANA

—Ma… —Tragué saliva, con las piernas temblando—. Ma, ¿cómo… cómo llegaste hasta Dubái? ¿Cómo supiste…?

—No. —Mi madre levantó una mano, cortándome en seco—. No, señorita. Yo no le doy explicaciones a una hija mentirosa. Aquí la única que va a explicar cosas eres tú, y ni así te voy a creer, porque llevas cinco meses mintiéndome en la cara.

—Ma, por favor—

—¿Sabes cómo me enteré? —Su voz subió, temblando—. Por la hija de la vecina. La Chuy. Que me enseñó una revista en el teléfono, muerta de risa, "mire, doña Carmen, ¿esta no es su Mariana?". Y ahí estaba mi hija. Besándose con un árabe. Casada. En un palacio. En las noticias del mundo entero. —Estrujó el recorte en el puño—. Me enteré de la boda de mi propia hija por la burla de la vecina. ¿Sabes la vergüenza que pasé? ¿Sabes lo que es eso para una madre?

—Ma, yo te lo iba a—

—No viniste a explicarme nada y yo no vine a escucharte. —Dio un paso, y su voz se volvió de hierro—. Vine por Valentina. Me la voy a llevar. De regreso a México, conmigo, donde va a estar a salvo, lejos de balazos y de escándalos y de esta locura en la que metiste a mi nieta.

Se me heló la sangre.

—No. —Negué con la cabeza—. No, ma. No puedes llevarte a Valentina.

—Claro que puedo. Soy su abuela. —Levantó la barbilla—. Me la llevo. Y si tú la quieres acompañar, ya sabes lo que tienes que hacer: hacer la maleta, dejar toda esta ridiculez, y regresarte conmigo a México, con tu familia, con tu gente. Como debe ser.

—No puedo regresar, ma. —Se me quebró la voz—. Es… es complicado. No puedo irme de Dubái ahorita. Hay cosas que tú no—

—Entonces me llevo a la niña sola. —Fue tajante—. Porque yo no la voy a dejar en este circo de disparos y mentiras ni un día más.

—¡Y tú! —Mi madre giró de golpe, y sus ojos se clavaron en Gabi, que seguía pálida en la escalera—. ¡Tú, Gabriela!

—Doña Carmen, yo—

—¡Traidora! —Gabi se encogió como si le hubieran pegado—. ¡Tú te viniste con ella! ¡Tú estuviste aquí todo este tiempo! ¡Tú viste cada barbaridad que hacía mi hija y no me dijiste ni media palabra! ¡Cinco meses, Gabriela! ¡Te conozco desde que eras una escuincla, comiste en mi mesa, y no fuiste capaz de levantar un teléfono y decirme "doña Carmen, su hija está haciendo locuras allá"!

—Doña Carmen, de verdad, yo lo siento muchísimo, yo quería, pero Mariana me pidió que—

—¡No me interesan tus disculpas!

—Ma, no le hables así a Gabi, ella no tiene la culpa de nada—

—¡Ella tiene tanta culpa como tú! ¡Las dos me vieron la cara de—!

—Ya basta.

La voz cayó desde la entrada del salón como una losa, y hasta mi madre se calló de golpe.

Mansour. Con su bastón, con su porte, con Layla entrando detrás de él con cara de no saber dónde meterse. El patriarca miró la escena —mi madre gritando, Gabi al borde del llanto, yo temblando— con un desprecio glacial.

—No sé quién es usted, señora —dijo Mansour, con esa frialdad que congelaba habitaciones—, pero está montando un escándalo a gritos en mitad de mi casa. En esta familia no se grita. No se pierden las formas. Le voy a pedir que baje la voz o que se retire.

Mi madre lo midió de arriba abajo. Y donde cualquiera se habría achicado.

—¿Y usted quién se cree que es para callarme? —le espetó—. Un viejo con traje caro y un palito. A mí ningún viejo elegante me da órdenes, y menos en el país donde tienen a mi hija metida en semejante lío. Yo hablo como se me da la gana.

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