CARMEN
Me levanté a las cinco y media, como siempre, y me puse a inspeccionar.
Porque una cosa te digo: a mí me pueden meter en el palacio más bonito del mundo, con sus mármoles y sus candiles y sus cortinas que valen más que mi casa entera, que yo lo primero que hago es revisar las esquinas. Y en esta casa, con todo y su lujo, hay algo que no me cuadra.
No es la suciedad. Está impecable, eso sí.
Empecé por la cocina, que es donde se sabe todo en cualquier casa del mundo.
—Buenos días, mijita. —La muchacha de los delantales, Halima, casi tira una charola cuando me vio ahí sentada a las seis de la mañana—. No te asustes. Ya me serví café. ¿Tienes canela?
Se me quedó viendo como si le hubiera hablado en chino, pobrecita. Pero en veinte minutos ya le había sacado que llevaba nueve años trabajando aquí, que el señor Zayed antes no sonreía nunca y ahora sí, que mi nieta tiene a todo el personal derretido, y que "de ciertas cosas de la familia no se puede hablar, señora, discúlpeme".
Ajá. De ciertas cosas de la familia no se puede hablar.
Anoté eso.
Después le pregunté por la casa, quién era quién. Y ahí me contó que había un señor convaleciente en un cuarto del ala de servicio. El chofer. El que se dejó dar un balazo por mi hija y mi nieta.
Dejé el café a medias.
Porque una cosa es que me enojen las mentiras de Mariana. Y otra muy distinta es que haya un cristiano herido en esta casa por defender a mi sangre y yo no le haya dado ni las gracias.
—Enséñame dónde está —le dije—. Pero antes voy a prepararle un buen caldo.
****
Toqué la puerta con el codo, porque traía las manos ocupadas.
—Adelante.
Ahí estaba. Un señor grandote, como de mi edad, con el brazo en cabestrillo, sentado en la cama muy tieso, tratando de alcanzar un vaso de agua que estaba demasiado lejos porque alguien se lo dejó ahí sin pensar.
—Ni se le ocurra. —Entré y le puse el vaso en la mano buena—. ¿Usted es el que se lanzó sobre mi hija y mi nieta cuando les dispararon?
El hombre parpadeó.
—Usted debe ser la señora Carmen. —Hizo el intento de incorporarse.
—Ni se mueva. —Le señalé la cama con el dedo, y obedeció al instante, que en eso los hombres son iguales en todos los países—. Le traje caldo. De pollo. Lo hice yo con lo que encontré, porque aquí le dan a un herido unas sopas transparentes que no le levantan a nadie. Cómase eso.
—Señora, no debería usted molestarse, yo soy el chofer de la...
—Usted es el hombre que recibió una bala por mi nieta. —Le puse la charola encima con más fuerza de la necesaria—. Así que en lo que a mí respecta, usted aquí come primero que el rey. Cómase el caldo.
Se lo comió.
Y mientras se lo comía, yo lo regañé a gusto, como Dios manda.
—Y otra cosa, ¿cómo se le ocurre? Un hombre de su edad tirándose encima de las balas. ¿Qué es usted, Superman? ¿No podía echarse para atrás, gritar, meterlas al carro? —Le acomodé la almohada de un manotazo—. Nomás mírese. Todo baleado. Con lo bien que se ve usted sano.

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