KHALID
Compré el anillo en veinte minutos.
Sin dudas, sin vueltas, sin dramas. Entré con una lista en el teléfono —presupuesto, talla, estilo discreto, política de cambio— y salí con una caja de terciopelo azul en el bolsillo del saco. El clásico. Sobrio, elegante, perfecto para Yasmín.
Manejé de vuelta a casa muy satisfecho conmigo mismo. Un hombre de treinta y ocho años que por fin va a ordenar su vida. Anillo comprado, decisión tomada, futuro definido.
Y entonces entré por el jardín.
La risa se oía desde el portón.
Esa risa. La escandalosa, la que se ríe con todo el cuerpo, la que hace voltear a la gente de las otras mesas.
Gabi estaba sentada en el borde de la fuente, con las piernas cruzadas y una lata de refresco en la mano. Y frente a ella, apoyado en el capó del auto que estaba lavando, con la manga arremangada y una sonrisa fácil, estaba Karim.
—…y entonces el señor me dice, muy serio: "Karim, el que rompió el vaso fue el gato" —contaba Karim—. Señora Gabi, en esa casa no había gato.
Gabi soltó una carcajada, se dobló hacia adelante y le dio un manotazo en el brazo.
—¡No! ¡No inventes!
—Se lo juro. Le echaron la culpa a un gato imaginario durante tres años.
Y se rieron los dos.
Me quedé parado a mitad del camino, con la caja del anillo en el bolsillo, mirando esa escena.
Y sentí algo. Una cosa fea, caliente, que me subió del estómago al pecho y que no supe nombrar. Como cuando pierdes un caso que tenías ganado.
*Está lavando el auto*, pensé. *Debería estar lavando el auto, no contando historias.*
Y de inmediato me avergoncé del pensamiento, porque era injusto y mezquino y yo no soy así. Karim es un buen hombre. Está en su hora de descanso. Y Gabi puede hablar con quien se le dé la gana; es una mujer adulta, no es mi… no es nada mío.
Es mi amiga.
Nada más.
—¡Khalid! —Gabi me vio y me saludó con la lata en alto—. ¡Ven! ¡Karim está contando la vez que le echaron la culpa a un gato!
—Ahora no. —Me salió más seco de lo que quería—. Tengo cosas que hacer.
Y seguí caminando hacia la casa sin voltear.
Iba tan concentrado en no voltear que choqué de frente con mi hermana en la puerta.
—¡Ay! —Layla soltó las flores que llevaba—. Khalid, por Dios, mira por dónde—
—Perdón. Perdón. —Me agaché a recogerlas y, con el movimiento, la caja se me salió del bolsillo del saco y cayó al piso. Terciopelo azul, sobre el mármol blanco, imposible de disimular.
Los dos nos quedamos mirándola.
Layla levantó la vista despacio, con los ojos como platos.
—Khalid Al Rashid.
—No es lo que parece.
—Es exactamente lo que parece. —Se agachó, la recogió antes que yo y la abrió—. ¡Ay, Dios mío! ¡Khalid! —Se llevó la mano a la boca—. ¡Un anillo! ¡Le vas a pedir matrimonio a Yasmín!
—Baja la voz.
—¡No bajo nada! —Me abrazó con las flores todavía en la mano—. ¡Mi hermanito se va a casar! ¡Después de tantos años! ¡Ay, hermano, si mamá viviera!
—Layla, en serio, baja la voz, no quiero que se entere nadie todavía—
—¿Cuándo? —Me soltó, con los ojos brillando—. ¿Ya tienes fecha?

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