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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 95

MARIANA

Fue idea de Layla sentarnos todos a la mesa. "Para que las familias se conozcan", dijo, la pobre, con toda la buena fe del mundo.

Yo supe que era mala idea desde que vi la mesa puesta: Mansour en la cabecera. Mi madre a tres sillas de distancia. Y entre los dos, catorce cubiertos, dos idiomas y una guerra esperando a empezar.

Aguantamos hasta el segundo plato.

—Dígame, señora. —Mansour dejó los cubiertos con esa lentitud suya que siempre anuncia algo—. ¿A qué se dedica usted en México?

—Fui costurera cuarenta años. —Mi madre no levantó la vista del plato—. Ahora estoy jubilada.

—Costurera. —Repitió la palabra como quien la sostiene con dos dedos—. Qué oficio tan… manual. —Tomó su copa—. Comprendo entonces muchas cosas.

—¿Qué cosas comprende? —Mi madre sí levantó la vista.

—El origen. —Mansour sonrió apenas—. Uno entiende mejor a las personas cuando conoce de dónde vienen. Sus costumbres. Su manera de hablar, de entrar a las casas, de resolver los asuntos… a gritos, por ejemplo, en un salón que no es suyo.

Se me heló la sangre.

—Padre. —Zayed dejó su cubierto.

—Es una observación, hijo. Sin ánimo de ofender. —Mansour se encogió de hombros—. Simplemente reflexiono sobre lo distintas que son nuestras casas. Aquí educamos a los hijos con disciplina, con respeto, con formas. Por eso a veces me pregunto —volvió esos ojos hacia mí— qué clase de crianza produce a una mujer que se casa con un desconocido sin avisarle a su propia madre.

Sentí la mesa entera enmudecer.

Gabi se puso rígida. Layla se llevó la servilleta a la boca. Y mi madre, muy despacio, dejó el tenedor sobre el plato.

—Mire, señor—

—Basta.

La voz de Zayed no fue alta.

Fue peor. Cayó sobre la mesa como una placa de hielo, y hasta los cubiertos dejaron de sonar.

—Padre, vas a escucharme bien, porque no lo voy a repetir. —Se enderezó en la silla—. Doña Carmen es la madre de mi esposa y es la abuela de la niña que duerme bajo este techo. Eso, en esta casa, le da un lugar. Y ese lugar no se toca.

—Zayed, no seas ridículo, yo solo—

—No he terminado. —Ni un gramo de volumen de más. Y mi suegro se calló—. Esta mujer trabajó cuarenta años con sus manos para sacar adelante a una hija sola. Cuarenta. —Zayed dejó pasar un segundo—. Yo heredé todo lo que tengo. Tú también. Los dos nacimos con el nombre puesto y la fortuna hecha. Así que si en esta mesa hay alguien que ha construido algo con su esfuerzo, no somos nosotros. Y me parece de muy mal gusto que hablemos de "origen" como si fuera un defecto ajeno.

Mansour se puso blanco.

—Estás hablando de tu padre delante de invitados.

—Estoy hablando de mi esposa delante de mi padre. —Zayed lo miró de frente—. Y de su madre. En mi casa. Si vuelves a hacer un comentario sobre la crianza, el oficio o el país de doña Carmen, esta cena se levanta. Y no será ella quien se retire.

El silencio fue absoluto.

Nunca, en cinco meses, había visto a nadie hablarle así a Mansour Al Rashid. Ni siquiera él parecía saber qué hacer con eso.

—Se me quitó el hambre. —Mansour dobló su servilleta con precisión milimétrica, se levantó, y agarró su bastón—. Buenas noches.

Y salió del comedor con el golpeteo del bastón resonando por el corredor.

Nadie habló durante un rato larguísimo.

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