OMAR
Estaba terminando de comer cuando el bastón sonó junto a mi mesa.
—Hamza. Qué casualidad.
Mansour Al Rashid, de pie, con su traje impecable.
Casualidad. Claro.
—Señor Al Rashid. —Le señalé la silla de enfrente—. Siéntese. Acompáñeme un café.
Se sentó, apoyó el bastón en la mesa y pidió un té con la mano, sin mirar al mesero. Hablamos diez minutos de nada: el puerto, un fondo europeo, lo caro que se ha puesto todo. Ese lenguaje muerto con el que los hombres como nosotros nos medimos antes de decir lo que venimos a decir.
Hasta que me cansé.
—Vamos a ahorrarnos el teatro. —Dejé la taza—. Usted no vino por casualidad y yo no soy tonto. Así que se lo digo de frente, porque yo trato mejor a la gente cuando le hablo claro. —Lo miré—. Me interesa su nuera.
Mansour no parpadeó.
—Repita eso.
—La esposa de su hijo. Mariana. —Me encogí de hombros—. Me interesa. Mucho. Desde la primera vez que la vi.
El viejo dejó su té a medio camino de la boca.
—Es usted un hombre casado.
—Y usted un hombre mayor. Los dos sabemos cómo funciona el mundo. —Sonreí—. No se escandalice conmigo, señor Al Rashid. Es de mal gusto entre adultos.
Mansour se recompuso, con esa frialdad de mármol que tanto le admiro.
—Le voy a ahorrar el tiempo. Esa mujer es vulgar. —Escupió la palabra con delicadeza, que es como escupe él—. Ordinaria. Ruidosa. Sin educación, sin apellido, sin una sola cualidad que la haga digna de estar en mi casa. Discute. Levanta la voz. Se mete donde no la llaman. Si eso es lo que le interesa a usted, tiene un gusto muy pobre.
—Ah, no me malinterprete. —Me reí—. No la quiero de esposa.
Mansour se quedó quieto.
—Esposa ya tengo. —Giré el vaso entre los dedos—. Y una esposa se elige por apellido, por familia, por conveniencia; en eso estamos completamente de acuerdo. Una mujer así jamás se sienta a mi mesa como señora de la casa. —Bajé la voz—. Pero para otra cosa… para lo que yo quiero… precisamente esas mujeres son las que valen la pena. Las ruidosas. Las que discuten. Las que no se dejan.
El viejo entendió perfectamente. Se le tensó la mandíbula.
—Es un capricho —agregué, tranquilo—. Lo reconozco sin ninguna vergüenza. Yo tengo pocos, y los que tengo, me los cumplo. Siempre. Es lo único bueno de tener dinero, señor Al Rashid: que uno se puede dar el lujo de ser paciente.
—Está hablando de la madre de una niña. De la mujer de mi hijo.
—Estoy hablando de una mujer que en unos meses va a dejar de ser la mujer de su hijo. —Me incliné hacia adelante—. Porque usted va a asegurarse de eso. ¿O me equivoco?
Mansour no me contestó.
—Por cierto. —Tomé mi copa—. Me dijeron que tuvieron visitas. De México.
Ahí sí lo vi apretar el bastón.
—Gente corriente. —Su voz se volvió de hielo—. Sin modales, sin educación, gritando en mi propio salón como si estuvieran en un mercado. Toda esa familia es igual. Y toda esa familia va a salir de mi casa en cuanto se cumpla el plazo.
—El plazo. —Sonreí despacio—. Qué palabra tan bonita.
Mansour se dio cuenta, un segundo tarde, de lo que acababa de decir y delante de quién.
Se levantó, agarró el bastón y se acomodó el saco.
—Buenas tardes, Hamza.
—Buenas tardes, señor Al Rashid. —Levanté la copa hacia él—. Salude a su nuera de mi parte.
Y me quedé riéndome solo en esa mesa mientras el viejo se iba, tieso, sin voltear.
Porque acababa de confirmarme dos cosas en una sola conversación: que ese matrimonio tiene fecha de vencimiento…
y que el propio padre de Zayed es el que más ganas tiene de que llegue.
******
Dos días después me encontré con la señora en el mercado de las especias.
Casualidad, otra vez. Qué cosa tan curiosa la vida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque