KHALID
La terraza quedó preciosa.
Eso hay que reconocérselo a mi hermana: los faroles encendidos, la mesa junto a la balaustrada, la ciudad brillando abajo, y flores de azahar por todas partes. Layla cruzó Dubái entero por esos detalles. Cuando la vi terminando de acomodar las velas, se me hizo un nudo en la garganta.
Yo me quedé ahí, tocándome el saco por encima, sintiendo el bulto de la caja como quien se palpa una herida.
Y me sorprendí buscando algo con la mirada.
A alguien.
Porque Layla me había dicho que le pidió ayuda a Gabi y que Gabi no pudo. Cosas del trabajo, dijo. Pendientes de la empresa.
Y a mí eso me estuvo molestando toda la tarde como una piedra en el zapato. Gabi, que organiza fiestas para vivir. Gabi, que se metió a enseñarme a vestirme, a conversar, a besar. Gabi, que fue la arquitecta completa de esta relación. Y la única noche que importa de verdad, la noche final, la noche que existe gracias a ella…
no está.
Ni siquiera bajó a desearme suerte.
Concéntrate, Khalid.
Yasmín llegó a las nueve, con un vestido color crema, y se llevó las manos al pecho cuando vio la terraza.
—¡Khalid! ¿Y todo esto?
—Es una cena especial. —Le acomodé la silla—. Nada más.
—Nada más —repitió, sonriendo, y no preguntó nada más. Yasmín es así. No exige. No presiona. No hace escenas.
Cenamos.
Y fue una cena bonita, no voy a mentir. Hablamos de su madre, que va mejorando. De un caso mío que ella conoce de la oficina. De su hermano, que se muda a Sharjah. De lo caro que se ha puesto todo. Yasmín habla con calma, escucha con atención y se ríe bajito, tapándose la boca con la mano.
En algún momento me contó cómo se imagina su casa algún día: tranquila, ordenada, con un jardín pequeño y una habitación para su madre.
—Perdón. —Se sonrojó—. Hablo de más.
—No. Está bien. —Bebí agua—. Está muy bien.
Y era verdad. Todo lo que decía estaba bien. Todo lo que decía era correcto, sensato y deseable. Una casa tranquila. Un jardín pequeño. Una vida sin sobresaltos con una mujer buena que cuida a su madre enferma.
Es exactamente lo que siempre quise.
Es exactamente lo que pedí.
Entonces por qué demonios, mientras ella hablaba de su jardín, yo estaba mirando esos azahares y pensando que alguien, en algún lugar de esta casa, se había negado a venir.
Lo hice entre el plato principal y el postre. Como estaba planeado.
Me levanté. Saqué la caja del bolsillo —sin forcejeo, Layla— y me arrodillé junto a su silla.
A Yasmín se le abrieron los ojos.
—Khalid…
—Yasmín. —Abrí la caja. El anillo clásico, sobrio, elegante, el que cumple todos los criterios—. Nos conocemos hace poco. Lo sé. Pero yo soy un hombre que sabe reconocer lo bueno cuando lo tiene enfrente. Y tú eres buena. Eres tranquila, eres decente, eres justo la clase de mujer con la que un hombre construye una vida entera. —Respiré—. Quiero esa vida contigo. Quiero la casa tranquila y el jardín pequeño y la habitación para tu madre. Quiero hacer las cosas bien. —Levanté la caja—. ¿Quieres casarte conmigo?
Y ahí pasó.
Yasmín se llevó las dos manos a la cara. Se le llenaron los ojos. Y asintió, riéndose y llorando al mismo tiempo, bajito, sin gritos, sin escándalo, con toda la dulzura del mundo.

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