—Me equivoqué, de verdad me equivoqué, te juro que no vuelvo a dudar de ti.
—Liberto... eres un maldito.
—Ya no puedo más, de verdad...
En la cama, todo el control que Rafaela creía tener le fue arrebatado. Cuando intentó arrastrarse hacia adelante, él le apresó las manos detrás de la cintura...
Para cuando terminaron, ambos estaban empapados en sudor.
Pero luego, ocurrió una y otra vez...
Ella suplicó piedad incontables veces.
La habitación de descanso del presidente estaba perfectamente insonorizada. Rafaela lloró y rogó; nunca antes había sido tan intenso. Varias veces sintió que se moría y volvía a la vida. Al finalizar, no le quedaba ni una gota de fuerza en el cuerpo. Como no había ropa de repuesto para ella, después de bañarla con delicadeza, Liberto le puso su propia camisa negra, cuyo dobladillo apenas le cubría las curvas de las caderas.
Las marcas de besos resaltaban vívidamente sobre la piel radiante de sus brazos.
Desde que terminaron hasta ese momento, los altos ejecutivos ya llevaban casi una hora esperando en la sala de juntas.
Justo cuando la curiosidad y los murmullos comenzaban a apoderarse de la sala, vieron entrar al hombre, caminando con calma, con una mano en el bolsillo.
Liberto jaló una silla, tomó asiento y cruzó sus largas piernas.
—Iniciemos la junta.
Al ver a su jefe con un semblante tan rebosante de energía y satisfacción, Joaquín supo de inmediato lo que había pasado. Para disimular la incomodidad, fingió que todo era normal.
Fueron más de tres horas de reportes, resúmenes y discusiones...
Joaquín se encargó de las minutas. Al salir de la sala de juntas, comenzó a repasar la agenda de la tarde.
—Cancela todos los compromisos que restan del día —ordenó Liberto.
Al entrar a la oficina, Liberto se sentó en su escritorio. Joaquín le entregó de inmediato el borrador de la demanda.
—Cuando el Grupo Jara colaboró con el estudio de la Universidad Floranova, ya había sospechas. Cristina aprovechó para comprar materia prima del Grupo Jara a un precio bajísimo, y luego la revendía a otros clientes al triple de precio como material exclusivo de restauración. Se quedó con toda la diferencia.
Fue una respuesta monótona, carente de cualquier tipo de emoción.
Cuando Rafaela despertó, ya eran casi las cuatro de la tarde. Al ver la ropa nueva que llevaba puesta, supo perfectamente quién la había vestido. En la mesita de noche había bolsas con prendas de las colecciones más recientes, compradas por los recepcionistas siguiendo sus medidas.
Salió de la habitación ya cambiada. Liberto seguía hablando por teléfono. Aunque estaba de espaldas, el enorme espejo de cuerpo entero le permitió verla acercarse con pasos ligeros. Fingió no darse cuenta hasta que Rafaela lo abrazó por detrás. A pesar de la distracción, su voz no titubeó.
Liberto tomó a la mujer que colgaba de su espalda y la acomodó frente a él, abrazándola. Intercambió un par de palabras más y colgó.
Lo primero que dijo Rafaela fue:
—Tengo hambre.
—Joaquín no tardará en llegar —respondió Liberto.
—Come un poco de fruta mientras tanto.
La llevó en brazos hasta el sofá de cuero. Liberto tomó una naranja y comenzó a pelarla con naturalidad. A ella le encantaban, pero le daba demasiada pereza pelarlas. En el Apartamento Jardín Dorado, Clara siempre se las daba ya picadas y peladas, listas para comer. Rafaela odiaba ensuciarse las manos con el jugo pegajoso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...