Sola, intentando sanar sus propias heridas y cargando con todo el peso.
El pasado era como un cuchillo despiadado.
Le desgarraba el corazón una y otra vez sin ofrecerle ningún remedio.
Se podía decir que Leandro era la última persona en el mundo que tenía derecho a lastimarla.
Ella jamás le había fallado.
Llegó a arriesgar su vida entera por amarlo.
Incluso cuando Leandro la malinterpretó, le pidió el divorcio, la abandonó y, en su momento más vulnerable y cercano a la muerte, eligió a Isabel, ella no lo culpó.
Había llegado a ese nivel de resignación.
Pero para Leandro, todavía no era suficiente.
Al encontrarse con esa mirada cortante, Sofía sintió el segundo golpe: el odio absoluto que Leandro le tenía.
Él la odiaba con toda su alma.
La odiaba por creer que ella había lastimado a su madre.
La odiaba porque creía que había herido a la inocente Isabel. Por ella, la veía como a su peor enemiga, dispuesto a destruirla sin piedad.
Sostenerle la mirada a Leandro por tanto tiempo hizo que el cuerpo de Sofía se helara y un dolor agudo le oprimiera el pecho.
Entrecerró los ojos.
—Te lo repito: seguiré las instrucciones del Doctor Quintana. Si no funciona, búscalo a él. ¿Entendiste?
La frialdad de Leandro no disminuyó ni un ápice.
—¿Y si no lo entiendo, qué vas a hacer?
Sofía cerró los puños.
—¡No te voy a aguantar ni una más!
Isabel se interpuso de inmediato.
—¡Ah! Sofí, no te enojes, por favor. Leandro solo está preocupado por mí, es el estrés del momento...
—¡Tú, cállate la boca!
Sofía giró la cabeza, fulminando a Isabel con la mirada.
—¡Mujer venenosa! Me has atormentado todo este tiempo. Si no he hecho nada al respecto es porque... ¡para mí, Leandro Corona ya está muerto! ¡Muerto! Es solo un cadáver andante paseándose contigo para mostrar la fealdad que llevan por dentro.
—No voy a desperdiciar mi energía peleando con una víbora como tú por culpa de un muerto.
—Pero tú, con tu cerebro de mosquito, pensaste que te tenía miedo y decidiste acorralarme cada vez más.
Levantó el puño; uno solo de sus golpes sería suficiente para derribar a un toro.
Isabel, que evidentemente jamás había visto a una Sofía tan feroz, se echó a llorar y estiró la mano, intentando explicarse.
—Yo...
Sin dudarlo, Sofía le agarró el brazo y se lo retorció.
—¡Aaaah!
—¡Leandro...!
Leandro volvió en sí y dio un paso al frente para intentar rescatar a su damisela.
—¡Atrás! —le gritó Sofía, apuntándole directamente a la frente.
Leandro miró a Isabel, que lloraba a mares sobre la cama, pidiéndole auxilio con la mirada.
Se quedó congelado por un instante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...