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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 152

Cuando Ana nació, tenía muy bajo peso, sus pulmones no se habían desarrollado del todo y dependía enormemente del cuidado adulto.

La primera palabra que aprendió a balbucear fue "papá".

Amaba profundamente a Iván Quintana, siempre buscando en él ese sentido de protección y seguridad.

Sin embargo, Iván le había hecho pedazos el corazón...

Cuando Iván regresó de comprar los regalos, vio desde lejos que el salón privado número 5 estaba lleno de vida.

En la mesa, Sofía y Sebastián comían, charlaban y reían junto a los invitados.

Un poco más apartada, Ana jugaba felizmente con dos niñas.

Y detrás de Ana, seguía de cerca un hombre elegante e imponente, protegiéndola sin separarse de ella ni un instante.

Iván se detuvo en seco, abandonando la idea de entregar los regalos personalmente.

Llamó a un mesero que pasaba por ahí, le entregó las bolsas y le pidió el favor de llevarlas.

Cuando los regalos fueron entregados, la señora Campos platicó un momento con Sofía.

Sofía giró la cabeza y miró hacia la puerta.

Ana también siguió la mirada de su mamá y, desde la distancia, sus ojos se encontraron con los de Iván.

Él solo vio cómo la expresión de la niña se desmoronaba.

Como un cervatillo asustado, soltó los juguetes, se puso de puntitas y levantó los bracitos pidiendo que la cargaran.

El hombre que la cuidaba la levantó de inmediato en sus brazos.

Ella hundió su carita en el cuello del hombre, apoyándose en su hombro mientras sus pequeñas manitas se aferraban a su traje.

Ana reaccionó como si hubiera visto a un monstruo, buscando refugio lejos de él.

Iván sintió como si le hubieran dado un golpe mortal directo al corazón.

Fue como si mil cuchillos le atravesaran el pecho, haciéndolo pedazos.

¡Dolió!

¡Un dolor desgarrador!

La dependencia que su hija tenía hacia él ahora se había trasladado a otra persona.

Su pequeña Anita ya no lo quería.

Claro, la última vez ella se lo había dicho: ya no lo quería.

Pero él no se lo había tomado en serio.

Ana estaba acostumbrada a depender de él; lo era todo para ella. Creía que cuando necesitara amor de padre y seguridad, sin duda correría de regreso a sus brazos.

Siempre había tenido el control total sobre Sofía.

Siempre estuvo firmemente convencido de que, aparte de él, Sofía no tenía a nadie más en quién apoyarse.

Sofía estaba sola en el mundo, y siendo Sebastián y Ana tan pequeños y vulnerables, ¿cómo podrían vivir sin él?

—Mi amor, ¿qué haces ahí parado afuera? —gritó Selina Huerta, con un tono cargado de ansiedad e impaciencia.

Aún no había podido quitarse el brazalete.

En cuanto Iván regresó a su mesa, preguntó de inmediato: —¿Cuánto costó todo?

El brazalete costaba 99,900, y los dos dijes de jade sumaban 39,000. Era muchísimo dinero.

Iván tuvo que vaciar el saldo de su tarjeta de débito y aún no fue suficiente; tuvo que pasar dos tarjetas de crédito para cubrir la cuenta.

La furia se apoderó de él y la desquitó con las tres mujeres.

—Gastaron más de cien mil. ¿Y ahora qué? ¿Me lo van a pagar ustedes?

Selina se ofendió primero: —¡Qué porquería de brazalete! ¡Es carísimo! Me lo voy a arrancar a como dé lugar y se lo voy a tirar en la cara. —Luego, le reprochó la actitud a Iván—: Y tú, otra vez gritándome. Soy tu mujer, a la que debes consentir y amar.

Iván apretó los puños: —Pronto dejarás de serlo.

—¿Qué dijiste?

—Terminamos. Vete.

La decisión de Iván era definitiva.

No había lugar a negociaciones.

Quería deshacerse de esa mujer ya mismo.

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