Aurora se sonrojó de vergüenza y huyó apresuradamente con lágrimas en los ojos.
Su aparición fue una gran prueba para Lorenzo Lira.
El resultado fue gratificante.
Lorenzo usó su propia respuesta para diferenciarse de Iván Quintana.
Él era diferente.
Ana se puso feliz.
Permitió que Lorenzo la abrazara, la sentara en su regazo y le mostrara los accesorios para el cabello que sacó de sus bolsillos.
—¿Anita, cuál te gusta?
Su dedito señaló una liga para el cabello con un pequeño adorno de cristal en forma de galletita; era una ternura total.
Lorenzo lo tomó.
Con sus dedos largos y elegantes, se lo pasó a su asistente, Ferrer, quien estaba de pie a su lado listo para recibir órdenes.
—Ferrer, acércate.
—Sí, señor.
Ferrer, con su cara de bonachón, tomó la liguita de cristal que le indicó su jefe y se la colgó de la oreja.
Procedió a quitarle la pequeña corona de la cabecita a Ana y la colocó en el bolsillo del traje de Lorenzo.
Luego, le quitó la áspera liga de goma que llevaba, tomó la liguita de cristal de su oreja y le hizo un moñito recogido.
Lorenzo sacó la pequeña corona de su bolsillo y la acomodó en la base del moñito.
—Lista, mi pequeña princesa.
Ana se tocó la cabecita; estaba perfectamente peinada. La galletita y la coronita, ambas adornando su cabello.
Le encantaba.
Sonriendo con alegría, se asomó a la bolsa de regalo. —Tío Lorenzo, ¿puedo compartir los adornitos con mis amigas?
Eran demasiados, no podría usarlos todos ella sola.
A sus amigas también les gustaban esas cositas, así que quería repartirlos.
Además, sus amiguitas habían venido a celebrar su cumpleaños y le habían traído regalos.
Su mamá le había enseñado que cuando recibía regalos de otros, debía corresponder. Si los demás nos dan cariño, nosotros también debemos darlo; el afecto es mutuo.
—Por supuesto que sí. Los regalitos que te di son tuyos y tú decides con quién compartirlos.

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