Casarse un poco después no era ningún problema.
Total, Sofía lo amaba con locura; seguía perdidamente atada a él.
Ella nunca lo dejaría, así que no había de qué preocuparse.
—Está bien, nos casaremos más adelante.
Iván lucía una sonrisa de victoria en su rostro.
—Regresa a tu cuarto, empaca tus cosas, toma a los niños y vámonos a casa.
Diciendo esto, estiró la mano para tomar la de Sofía.
Pero Sofía dio un paso rápido hacia atrás, esquivándolo.
—¿Sofi?
—Iván, ya es muy tarde y los niños están dormidos.
Era verdad.
No era buena idea despertar a los pequeños a esa hora, y menos con el frío calador de la madrugada.
—Entonces vendré por ustedes mañana al mediodía.
—Iván, me siento muy a gusto donde estoy. Por el momento no quiero volver a esa casa.
—Sofi... ¿todavía tienes resentimientos? Dímelo, lo arreglaremos juntos. No dejemos que esto nos separe.
Sofía le dedicó una leve sonrisa. —Solo quiero... tener un poco de tranquilidad por unos días.
Era la primera vez que fingía ser sumisa, y por dentro estaba a punto de colapsar del asco y los nervios.
Sin embargo, para el narcisista de Iván, esa incomodidad era simple nerviosismo de una mujer herida que, de pronto, recibe amor incondicional del hombre de su vida; seguro estaba tan emocionada que no sabía cómo reaccionar.
Se sintió sumamente orgulloso de sí mismo.
Él era tan increíble que tenía a Sofía comiendo de su mano, rendida a sus encantos.
No importaba cuándo decidiera volver, ella siempre lo estaría esperando.
Tan tímida y devota solo para él.
Bueno, se lo concedería.
Iván adoptó su tono más seductor: —A partir de mañana, vendré a hacerles compañía a ti y a los niños saliendo del trabajo.
Sofía pensó: "Mañana me mudo. Al lugar al que voy, jamás tendrás derecho a poner un pie".
Ella se limitó a sonreír con sutileza. —Lo platicamos mañana.
—De acuerdo.
Iván se quedó muy tranquilo, observando cómo Sofía entraba al lobby del hotel.
Sofía sentía la asquerosa mirada de Iván clavada en su espalda, pero no le importó.
Su corazón estaba frío como el hielo.
¡Jamás volvería con él! ¡Se lo juraba a sí misma!
Al llegar al elevador, le regaló el ramo de rosas a la señora de la limpieza que estaba trabajando.
La mudanza, gracias a la ayuda de Ferrer, fue pan comido.
Ferrer llegó a primera hora, impecablemente vestido de traje, y se encargó de preparar las carriolas, acomodar a los niños y llevarlos hasta el elevador con suma delicadeza.
Sofía volteó y vio a una mujer con traje sastre, de actitud arrogante, parada justo detrás de la niña. Tenía toda la finta de ser su niñera.
La mujer no dijo absolutamente nada.
Parecía aprobar por completo el berrinche y los malos modales de Valentina.
Sofía prefirió ignorarlas, dio un paso atrás y buscó en el estante de al lado para elegir otros dos platitos.
Había muchísimos más trastes infantiles, llenaban dos pasillos enteros.
Entonces, tocó un platito rosa.
—¡Yo lo quiero! —gritó Valentina, empujándola otra vez.
La niña se abalanzó contra el estante, abrazando con sus bracitos toda la pila de platos para que nadie pudiera tomarlos.
Sofía perdió la paciencia.
Volteó a ver a la niñera. —¿Es tu hija?
La niñera la miró con desprecio. —Sí, ¿y qué tiene?
¿Que qué tiene?
Una niña de tres años arrebatando cosas en un lugar público, con nula educación, y la mujer actuaba como si fuera lo más normal del mundo.
—Si la niña arrebata las cosas, deberías enseñarle un poco de modales —le advirtió Sofía.
La niñera soltó una carcajada burlona. —Ella no le arrebata las cosas a cualquiera.
—¡Sí! —secundó Valentina, dándose la vuelta y mirando a Sofía con odio—. ¡Te las quito a ti porque eres odiosa! ¿Y qué?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...