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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 159

Casarse un poco después no era ningún problema.

Total, Sofía lo amaba con locura; seguía perdidamente atada a él.

Ella nunca lo dejaría, así que no había de qué preocuparse.

—Está bien, nos casaremos más adelante.

Iván lucía una sonrisa de victoria en su rostro.

—Regresa a tu cuarto, empaca tus cosas, toma a los niños y vámonos a casa.

Diciendo esto, estiró la mano para tomar la de Sofía.

Pero Sofía dio un paso rápido hacia atrás, esquivándolo.

—¿Sofi?

—Iván, ya es muy tarde y los niños están dormidos.

Era verdad.

No era buena idea despertar a los pequeños a esa hora, y menos con el frío calador de la madrugada.

—Entonces vendré por ustedes mañana al mediodía.

—Iván, me siento muy a gusto donde estoy. Por el momento no quiero volver a esa casa.

—Sofi... ¿todavía tienes resentimientos? Dímelo, lo arreglaremos juntos. No dejemos que esto nos separe.

Sofía le dedicó una leve sonrisa. —Solo quiero... tener un poco de tranquilidad por unos días.

Era la primera vez que fingía ser sumisa, y por dentro estaba a punto de colapsar del asco y los nervios.

Sin embargo, para el narcisista de Iván, esa incomodidad era simple nerviosismo de una mujer herida que, de pronto, recibe amor incondicional del hombre de su vida; seguro estaba tan emocionada que no sabía cómo reaccionar.

Se sintió sumamente orgulloso de sí mismo.

Él era tan increíble que tenía a Sofía comiendo de su mano, rendida a sus encantos.

No importaba cuándo decidiera volver, ella siempre lo estaría esperando.

Tan tímida y devota solo para él.

Bueno, se lo concedería.

Iván adoptó su tono más seductor: —A partir de mañana, vendré a hacerles compañía a ti y a los niños saliendo del trabajo.

Sofía pensó: "Mañana me mudo. Al lugar al que voy, jamás tendrás derecho a poner un pie".

Ella se limitó a sonreír con sutileza. —Lo platicamos mañana.

—De acuerdo.

Iván se quedó muy tranquilo, observando cómo Sofía entraba al lobby del hotel.

Sofía sentía la asquerosa mirada de Iván clavada en su espalda, pero no le importó.

Su corazón estaba frío como el hielo.

¡Jamás volvería con él! ¡Se lo juraba a sí misma!

Al llegar al elevador, le regaló el ramo de rosas a la señora de la limpieza que estaba trabajando.

La mudanza, gracias a la ayuda de Ferrer, fue pan comido.

Ferrer llegó a primera hora, impecablemente vestido de traje, y se encargó de preparar las carriolas, acomodar a los niños y llevarlos hasta el elevador con suma delicadeza.

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